LA HACIENDA SAN JERONIMO II |De ingenio azucarero a municipio
By Juan Moncada 6 minutos agoCuando empezamos a rastrear los planos y mapas en la Verapaz colonial, un mismo nombre aparecía una y otra vez: la Hacienda San Jerónimo. Al revisar los trabajos de Nicole Percheron y Lowell Gudmundson sobre la Verapaz colonial, junto con los tomos correspondientes de la Historia General de Guatemala, fuimos reconstruyendo casi cuatro siglos de vida de esta propiedad: desde su fundación en manos de los frailes dominicos del convento de Cobán, hasta su transformación, ya en el siglo XX, en el pueblo que hoy conocemos. Nos pareció que la historia de San Jerónimo merecía contarse de forma completa, pues en ella se condensan temas centrales para entender la Verapaz republicana: la esclavitud, la colonización inglesa, la disputa entre hacienda y municipio.
Independencia, abolición y expulsión de los dominicos
Según el manuscrito de Víctor Flores Lucas, el comandante militar de Salamá anunció la libertad a los residentes de San Jerónimo ya en 1823, un año antes de la abolición oficial centroamericana de 1824. En 1829, por orden de las autoridades liberales, los dominicos fueron expulsados y forzados a exiliarse en Cuba, perdiendo definitivamente la hacienda que habían controlado durante casi 250 años.
La venta a manos privadas inglesas
Tras la Independencia y las políticas liberales que afectaron a las órdenes religiosas, muchas propiedades eclesiásticas fueron subastadas por el Estado. A principios de la década de 1830, el comerciante inglés Marcial Bennett[1] compró y administró la gran hacienda de San Jerónimo, en sociedad con Carlos Meany. Bennett era, además, el propietario más rico en tierras, esclavos y derechos de explotación maderera en Belice, y ambos habían apoyado militarmente al régimen liberal de Francisco Morazán y Mariano Gálvez, incluso entregándole unos mil rifles.
De hecho, San Jerónimo no cambió de manos por los 250,000 pesos (o, según otro documento, 111,000 pesos) especificados nominalmente en el contrato de venta, sino como liquidación de una deuda de Estado de 5,000 pesos por esos mismos mil rifles: el ingenio más rico de la antigua Verapaz colonial terminó siendo, en la práctica, el precio de un cargamento de armas.
Bennett empleó además la hacienda como fuente de trabajo para colonos europeos que habían llegado a la región de Izabal en el marco de fallidos proyectos de colonización (New Liverpool, Santa Cruz)[2], ofreciéndoles trasladarse a San Jerónimo, cerca de Salamá, ante el fracaso de dichos asentamientos.
La hacienda, considerada la más valiosa de las antiguas propiedades dominicas, permaneció en manos privadas extranjeras hasta finales del siglo XIX. La Iglesia católica censuró repetidamente esta situación, pero el Estado guatemalteco temió que la restitución de la propiedad a los religiosos generara problemas diplomáticos con los intereses extranjeros involucrados. A diferencia de San Jerónimo, otras propiedades dominicas -como la hacienda Palencia- sí fueron devueltas a la Orden, aunque bajo la condición expresa de no venderla ni arrendarla a terceros.

1844
B. van Lockhorst

1844
B. van Lockhorst
El conflicto de fondo: ¿hacienda o pueblo?
Todo el siglo XIX giró en torno a una pregunta jurídica y política no resuelta: ¿era San Jerónimo una propiedad privada o una comunidad con derecho a existir como municipio? En 1836 el gobierno le concedió estatus municipal, pero durante décadas funcionó, en la práctica, como una hacienda con un único dueño (inglés) y cientos de trabajadores estacionales sin tierra propia, nada parecido al modelo de municipalidad republicana.
Los propietarios ingleses reprodujeron -y en algunos aspectos endurecieron- el control que antes ejercían los dominicos:
- Prohibían a los residentes cultivar caña por cuenta propia en tierras de la finca, aunque estaban dispuestos a rentárselas para producción de grano en pequeña escala.
- Prohibían destilar aguardiente casero para la venta, salvo que compraran la caña al propio ingenio.
- Colocaban a sus propios administradores como alcaldes: José Carter, administrador del ingenio durante muchos años, fue el primer alcalde electo de San Jerónimo en 1843 y desempeñó ambas funciones simultáneamente por años.
- Se apropiaron incluso de los objetos sagrados de la iglesia, alegando que, al haber ocupado el antiguo convento como residencia familiar, el edificio y su contenido también les pertenecían -lo que llevó a una demanda judicial poco antes de 1892, cuando el cura párroco acusó a Enrique Douglas Harris de sustraer objetos sagrados, y su socio Lorenzo Burne respondió con arrogancia que tenía todo el derecho de hacerlo por ser propiedad de la hacienda.
A mediados del siglo, la propiedad pasó de la primera generación de los Meany y los Bennett a sus herederos: los Meany conservaron los títulos pero sin papel activo en la administración, que recayó en los herederos de Thomas Bennett y sus yernos John Owen y Henry Benjamin Wyatt. Al fallecer estos, la propiedad pasó al clan Harris (también conocido como Douglas Harris), dirigido por Henry Wyatt, el único heredero que residía efectivamente en San Jerónimo.
La producción de aguardiente y la cultura del licor en el siglo XIX
Durante la época independiente, San Jerónimo se hizo famosa por la producción de aguardiente, en una época en que existían numerosas “fábricas” de este licor -registradas y clandestinas- en el área rural del país. Es muy probable que la producción de aguardiente utilizara buena parte de la capacidad productiva de la hacienda, aunque nunca estuvo bien documentada por las autoridades, ni dominicas ni coloniales ni nacionales.
En 1811, el fraile dominico Sebastián García y Goyena, administrador de la hacienda, solicitó -sin éxito- autorización a las autoridades civiles para vender en la capital ocho variedades de licor, aguardiente y ron producidos en San Jerónimo, incluyendo sabores de anís, piña, naranja, canela, higo, hierbabuena, uva y mora. Argumentó que ello generaría rentas para la Corona y reduciría el consumo de licores de menor calidad.
El comercio de aguardiente se convirtió en el eje central de la economía local, y también en la principal fuente de ingresos judiciales del municipio a través de multas y decomisos a productoras clandestinas -mayoritariamente mujeres. El registro criminal de Salamá-San Jerónimo documenta decenas de casos: mujeres acusadas de destilar fuera del horario permitido (6 a.m. a 6 p.m.), como Gregoria Hernández, quien alegó que solo hervía refrescos fermentados sin intención de venderlos, o Irene Santos, cuya defensa -que ni ella ni la municipalidad tenían reloj para probar la hora exacta- no evitó que le confiscaran 33 ollas y 760 botellas de licor.
Autoritarismo y cultura de la violencia
Los propietarios ingleses trajeron consigo una cultura de intimidación armada muy distinta a la de los dominicos. Casos documentados desde la década de 1840 muestran a miembros de la familia Bennett golpeando brutalmente a peones y cantineras por motivos triviales. En la Nochebuena de 1846, Thomas Bennett -nieto de Marcial Bennett- agredió a la cantinera Rosa Chavarría tras un malentendido, y ella respondió apuñalándolo en el brazo. Un año antes, Bennett había golpeado brutalmente con un bastón a Rafael de la Vega, retándolo después a duelo de “espadas o pistolas” ante una horrorizada familia de inmigrantes alemanes; se descubrió entonces que Bennett era menor de edad y estaba bajo tutela de un albacea judicial.
Frases de la época como “estos ingleses son unos salvajes y groseros” (registrada en 1841) reflejan la ironía de que el discurso liberal prometía que los colonos ingleses “civilizarían” la región, cuando en realidad reprodujeron -con revólveres y bastones- jerarquías tan brutales como las de la esclavitud, incluyendo los azotes administrados en el edificio municipal o la cárcel, práctica que continuó casi con la misma frecuencia que antes de la abolición, aunque ya no necesariamente a plena vista pública.
Aguardiente y violencia
Bajo la esclavitud, las mujeres trabajaban en los cañaverales igual que los hombres. Tras la abolición, sin embargo, los empleadores ofrecieron empleo en la caña solo a hombres, mientras que la destilación y venta de licor -oficialmente considerada actividad “doméstica”- quedó dominada por mujeres, muchas de ellas cabezas de familia (un tercio o más de los hogares).
Esta dinámica generó también patrones de coacción y abuso documentados en el archivo judicial. En 1838, Brígida San José, de 50 años, presentó cargos contra el alcalde Nicolás Meza por una brutal golpiza propinada en presencia de sus hijas, tras un conflicto que involucraba el reproche de haber engendrado dos hijas con ella sin asumir responsabilidad. Su hija Pioquinta fue acusada años después, en 1854, de insultar a las autoridades tras denunciar públicamente en el cementerio la muerte de un hombre a causa de los castigos del alcalde. Casos similares de extorsión de favores sexuales a cambio de “protección” aparecen documentados de forma recurrente, principalmente involucrando a alcaldes locales antes que a los propios dueños ingleses del ingenio.
El clímax: la Noche Buena de 1892
El episodio que sintetiza todas estas tensiones ocurrió en la madrugada del 25 de diciembre de 1892. J. Enrique Douglas Harris, inglés de tercera generación entre los propietarios de la hacienda, y su amigo británico Dudley Gosling, fueron golpeados y dejados inconscientes en la calle tras acudir, ya ebrios, a la casa de Jesús Santos -una madre soltera de poco más de treinta años- en busca de lo que llamaron una “conversación inofensiva” con sus hijas.
Douglas Harris acusó a un grupo de milicianos locales, presuntamente liderados por Ricardo Rodríguez, un forastero recién llegado de Antigua, de atacarlos por celos amorosos y resentimiento hacia la autoridad de la hacienda. El juicio -documentado en unas 150 páginas de testimonio bajo juramento- reveló un pueblo unido en silencio protector: prácticamente nadie declaró haber “visto” nada, aunque todos habían “oído” algo, y las coartadas se sostuvieron sistemáticamente pese a los repetidos careos exigidos por Douglas Harris.
Testimonio de Vicente Santos, 30 años, dueño del estanco, en el juicio de 1892-1893:
“[Douglas Harris] odia al que declara porque no he querido trabajar en la hacienda.”
Aun arriesgándose a autoinculparse, Vicente Santos invirtió con esta frase la narrativa acusatoria, exponiendo así el verdadero conflicto de fondo: control de la tierra, trabajo forzado de facto y monopolio sobre el aguardiente.
Los milicianos representaban algo nuevo en la correlación de fuerzas local: por primera vez, hombres comunes tenían acceso a rifles Remington equivalentes en poder de fuego a los de sus patrones ingleses -una simetría armamentística que alteraba profundamente el viejo orden social.
El 14 de mayo de 1893, los jueces declararon culpables a Rodríguez y Loaiza; el defensor público apeló, y el 14 de enero de 1894 la Sala Tercera de Apelaciones revocó ambas condenas por falta de pruebas consistentes.
La expropiación de 1893 y la distribución de tierras
El verdadero desenlace, sin embargo, fue político antes que judicial: el 12 de abril de 1893, Enrique Douglas Harris firmó ante el gobierno guatemalteco la venta de todos sus derechos sobre San Jerónimo, bajo el entonces ministro de Gobernación y Justicia, Manuel Estrada Cabrera[3] -quien años después, ya como presidente y dictador (1898-1920), firmaría también la distribución final de las tierras en 1906.
Esa distribución no fue gratuita: se otorgó como reconocimiento a la participación de los chomeños en la Guerra de Totoposte contra El Salvador (1903) y en la invasión salvadoreña de 1906, más sangrienta aún. En diciembre de 1907 se parceló toda la antigua hacienda entre las familias residentes, en lotes que oscilaban entre 0.5 y 14 manzanas, reconociéndose así, después de casi ochenta años de disputa (desde la expulsión de los dominicos en 1829), el pleno estatus de comunidad libre y propietaria que San Jerónimo había reclamado desde el siglo XIX.

San Jeronimo, Baja Verapaz AGCA
1892

San Jeronimo, Baja Verapaz AGCA
1892
[1] Marcial Bennett (Marshal Bennett en las fuentes en inglés) fue uno de los grandes comerciantes y cortadores de caoba de Belice, también vinculado a los fallidos proyectos de colonización de New Liverpool y Abbottsville en la Verapaz.
[2] Ver “New Liverpool y Abbottsville de la Verapaz. Primeros datos de la Compañía Británica de Agricultura, Comercio y Colonización”, Verapaseando por la historia.
[3] Manuel Estrada Cabrera sería, años más tarde, quien decretara las Fiestas de Minerva en 1899. Ver “Minervalias en Cobán”, Verapaseando por la historia.
Nota
Como en todos los trabajos de Verapaseando, este artículo sigue sujeto a correcciones, ampliaciones y modificaciones posteriores. Integra tres fuentes principales: dos artículos académicos publicados en las revistas Mesoamérica y Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala (Percheron 1990 y Gudmundson 2003 y 2006), y una recopilación temática de pasajes extraídos de la obra colectiva Historia General de Guatemala (Tomos II a V, 1993-1999). Cuando las fuentes ofrecían cifras demográficas o cronológicas ligeramente distintas para un mismo periodo, preferimos presentarlas todas con su respectiva atribución, sin forzar una única cifra “correcta”, pues las discrepancias -por ejemplo, entre el censo de esclavos de 1806 y los datos de décadas anteriores y posteriores- son en sí mismas reveladoras de las prácticas administrativas y de subdeclaración de la época.
Referencias:
- Percheron, Nicole. “Producción agrícola y comercio de la Verapaz en la época colonial.” Mesoamérica 20, 1990.
- Gudmundson, Lowell W. “Convenio laboral entre los esclavos del ingenio de San Jerónimo (Verapaz) y sus amos dominicos, en 1810.” Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, Tomo LXXVIII, 2003.
- Gudmundson, Lowell. “Aguardiente, deseo y la Noche Buena de los milicianos en San Jerónimo, Guatemala, 1892.” Mesoamérica 48, 2006.
- Luján Muñoz, Jorge (dir.). Historia General de Guatemala. 6 tomos. Guatemala: Asociación de Amigos del País / Fundación para la Cultura y el Desarrollo, 1993-1999.
- Cabezas Carcache, Horacio. “Agricultura” y “Producción Agropecuaria.” En Historia General de Guatemala, Tomos II y III.
- Bertrand, Michel. “La Región de Rabinal.” En Historia General de Guatemala, Tomo II.
- Palomo de Lewin, Beatriz. “Esclavos Negros.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
- García Añoveros, Jesús María. “La Iglesia en la Diócesis de Guatemala.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
- Lutz, Christopher H. “Evolución Demográfica de la Población Ladina.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
- Rodríguez, Mario. “Presencia Inglesa en la Federación y en Guatemala (1823-1852).” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
- Griffith, William J. “Proyectos de Colonización.” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
- McCreery, David. “Agricultura, 1821-1860.” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
- Cortés y Larraz, Pedro. Descripción Geográfico-Moral de la Diócesis de Goathemala, 1958 (visita pastoral hacia 1768-1770).
- Haefkens, Jacobo. Viaje a Guatemala y Centroamérica. Guatemala: Editorial Universitaria, 1969.
- Flores Lucas, Víctor. “Un vistazo a las Verapaces.” Manuscrito inédito.
- Archivo General de Centro América (AGCA), Tierras, Causas Criminales de Baja Verapaz y Protocolos notariales de José María Estrada, 1808-1810.
- Archivo General de Indias (AGI), Guatemala.