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Karl Sapper: Una excursión a las selvas de la Alta Verapaz.

Cobán, 16 de octubre de 1889

Un bonito día de junio del año de 1889 salí una vez más de la ciudad de Cobán y marché hacia mis montañas y bosques. Digo “una vez más” porque el mismo conocimiento se había repetido con frecuencia en el transcurso del último medio año. Y llamo “mi” a la, selva montañosa del norte de la Alta Verapaz no solamente por haber sido y porque será por largo tiempo mi campo de trabajo sino que también porque la quiero y la aprecio, a pesar de los esfuerzos y la privaciones que ahí se suelen tener. Mis acompañantes eran un intérprete (ya que el extranjero solo lentamente adquiere el conocimiento necesario de los dialectos indígenas debido a la completa falta de medios auxiliares) y algunos cargadores indígenas, quienes como es costumbre aquí, cargaron mi equipaje a las espaldas por medio de una cinta que ciñen a la frente.

Karl Sapper y sus porteadores: Macedonio Tox, Sebastian Ical y José Chub

Si me es permitido referirme en pocas palabras a mi traje y a mis utensilios, diré que se parecía (fuera de algunos cambios convenientes) al de alguien que pasea por los Alpes: traje de lana de cazador, un abrigo para el mal tiempo, botas de montañés y sombrero de corcho o sombrero de fieltro de ala ancha con sudario multicolor; cuchillo de caza y revólver completaron el equipo. Junto a los mencionados instrumentos homicidas colgaban pacíficamente mi martillo y bolsas de cuero para mi altímetro, brújula y libreta de apuntes.

Pronto llegó nuestra pequeña caravana, a través de una buena carretera, al gran pueblo indígena de San Pedro Carchá (1280 m), situado pocos kilómetros al, oriente. De ahí nos dirigimos hacia el noreste. Dejamos el valle del río Cobán con sus amigables plantaciones de café y un agradable camino de herradura de poca subida nos condujo hacia las montañas de Pocolhá.

Milpas nos acompañaron en nuestro camino, mientras que bosques de abetos nos saludaban desde las cimas de los altos cerros. La población aquí ya es puramente indígena y correspondientemente es también nuestro hospedaje como Hotel sirve por lo general la “Ermita”, una choza abierta, cubierta en muchos casos de palmeras la cual es al mismo tiempo la iglesia, el cementerio, la cantina, y el salón de baile de los indígenas, un conjunto de propiedades, como completamente corresponde al ingenuo carácter de la población. (En caso de emergencia el viajero también encuentra complaciente hospedaje en las chozas de los indígenas).

En la Ermita de Chirixquiché (1440 m) pasamos la primera noche y saliendo temprano llegamos, hacia las 10 de la mañana, a las pocas casas dispersas de Sacaranilá (1700 m), situadas en los bajos valles alpinos de la montaña de Pocolhá. Antes del calor de mediodía estábamos a las alturas del paso de Nimlatzul, que quiere decir “montaña grande” (1800 m), a la sombra de la selva, la cual no abandonamos por mucho tiempo.

Recorrido de Karl Sapper en junio del año de 1889

 

Me preguntan qué se entiende por una “selva” y debo reconocer que no sabría dar una explicación completa de la palabra; es precisamente un bosque donde la mano del hombre aún no ha intervenido para destruir o cambiar; en pocas palabras un bosque como lo deja crecer Dios en su libre naturaleza. De ello resulta que la selva puede ser tan variada como cualquier otro fenómeno natural tomando en cuenta las condiciones climáticas, las propiedades del suelo y la influencia de las plantas entre sí. Y realmente la selva se muestra en la  limitada región de la Alta Verapaz diferente a como se encuentra en las  tierras “fría”, “templada” o “caliente”.

Se podría creer que la selva a considerable altura, o sea, en “tierra fría” se pareciera más a nuestros bosques que la situada en lugares más bajos, pero uno se podría equivocar. Es cierto que a altitudes no dominan mucho las plantas trepadoras y parásitas, por lo que la selva parece más abierta y tranquila, y se aproxima en cierto modo a nuestro frondoso bosque nativo. Pero si observamos las distintas formas de las plantas, nos vemos transportados a una lejana época terrestre: la mayoría de los árboles selváticos son plantas dicotiledóneas pero aquí los característicos en el escenario del bosque son los árboles de helechos, los cuales llaman la atención del viajero tanto por su distinguida apariencia como por su singular presencia.

Bosque de helechos arborescentes

Mientras que sólo de vez en cuando existen al sur de la montaña de Pocolhá, ya cercana cumbre avisa con gran seguridad su súbita existencia en grandes cantidades, al mismo tiempo que desaparecen pinos y otras clases de plantas vistosas. Encima de la cumbre y en lo altamente húmeda pendiente hacia el nivel de la montaña se encuentran los árboles de helechos, a veces-aunque raramente- en tal cantidad, que el ojo no ninguna otra planta; de tal manera, que una buena pintura de estos bellos grupos de árboles daría una impresión ideal de la edad del carbón de piedra.

Debido al corto tronco de estas plantas criptógamas forman sus copas un segundo techo de hojas bajo los altos árboles dicotiledóneos.  En “clima templado” (entre 500 y 1500 m de altura], por el contrario juega este papel un ejército de arbolitos monocotiledóneos, pequeñas palmeras, cuya apariencia agradable y graciosa se encuentra en extra: contraste con la seria imagen de los helechos, con los cuales a veces aparecen mezclados a mayor altura (800 a 1000 m). La imagen de selva se vuelve más variable y atractiva en la zona templada. Junto al crecimiento más exuberante de los árboles se encuentran también tan amigos inoportunos como molestosos enemigos en una mayor proporción: numerosas plantas epifitas, en especial bellas orquídeas florecientes, se establecen en el tronco y en las ramas, en donde además, se encaraman plantas trepadoras de muchas hojas, y en bellas  arqueadas líneas cuelgan lianas de las copas, por un lado unidas a tierra, y por el otro, terminando libremente con sus raíces aéreas. No obstante todo este follaje confusamente entrelazado todavía penetra la luz al bosque, pues los rayos del sol reflejados en las hojas, se desvía pero no se retienen. Bajo los pies del excursionista se siente un monte escasamente lujurioso, el cual muy a menudo crece cubriendo las sendas raras veces trilladas. Este monte bajo hay que quitarlo con el machete para poder hacer transitable las veredas.

Cuevas Karsticas comunes en Alta Verapaz

Todavía peor es en “tierra caliente” (a menos de 500 m sobre el nivel del mar), donde el bajo  monte y las angulosas gramíneas enriquecidas de sílice predominan cada vez más, de tal manera que primero hay que abrirse un paso por esta fragosidad, el cual por obvias razones es generalmente tan bajo, que hay que caminar largas distancias encorvado. La belleza cedió ante la salvaje naturaleza: con exceso de vitalidad se amontona el mundo orgánico. En medio de la más alegre abundancia de la vida vegetal se nota un olor podrido desagradable cubierto parcialmente por ricos olores adormecedores. Aquí el excursionista tiene que pasar, aún más que en otros sitios más altos, sobre árboles caídos o arrastrarse debajo de ellos para poder seguir su camino.

Semejante ascenso de lo tranquilo a lo salvaje también se observa en el mundo animal, al subir la temperatura, es decir, con la disminución de la altitud. En ambos casos, sin embargo, el mundo animal no sale tanto a la superficie como se podría creer. En Tierra Fría hay silencio y quietud: solo raras veces se oye de día el canto de un pájaro o el zumbido de una abeja, y todavía con menos frecuencia se ve un venado o un armadillo. Pero con el anochecer comienzan a aumentar los ruidos (y en mayor grado en Tierra Caliente) haciendo escuchar sus voces los más distintos pájaros, insectos y roedores. En Tierra Templada, a fines del verano, suena todo el día el más bello concierto de cantores emplumados a través del impenetrable follaje del bosque. Y en poco tiempo puede el excursionista diferenciar una gran cantidad de cantos de pájaros, ya que lo alto del tono y la cadencia son en muchos casos fáciles de reconocer con bastante claridad, pudiéndose reproducirlos en notas musicales. 

En la tierra se observan de entre los principales animales con más frecuencia, además de bonitos escarabajos, grandes miriópodos, cómicos cangrejos de tierra y . . . culebras. Aunque poco a poco se acostumbra uno con el tiempo a sir existencia, las culebras despiertan cada vez más un sentimiento desagradable, cuando se les ve, en su tranquila inmovilidad enrolladas en el camino. Las especies existentes aquí son, en su gran mayoría, muy venenosas: pero no atacan fácilmente. En general no son peligrosas para el europeo, ya que no suben, con la malicia taimada de otras de su especie a los árboles*.

*.Nota del autor: Así pensaba entonces, pero posteriores observaciones me han enseñado que la mayoría de las culebras de esta región sí son capaces de subir a los árboles.

Un sentimiento desagradable también surge, cuando al columpiarse uno muy cómodamente en la hamaca ve de repente caminar a un alacrán en la viga que se encuentra exactamente encima de uno. Pero también estos animales son inofensivos en el fondo porque únicamente pican cuando se sienten en peligro. Peligrosos y a la vez sedientos de sangre son los numerosos pequeños demonios del orden dípteros, himenópteros, etc., contra los cuales inútilmente se trata uno de defender, y que quitan tantas horas de sueño. Peor es esta molestia en la “Tierra Caliente”, la cual no sé, al fin y al cabo, cómo enaltecer. En lugar de los alegres cantores del bosque, encontramos por montones papagayos que gritan horriblemente, así como otros vocingleros de plumaje muy bonito. En los ríos se ven caimanes, y en los caminos no es nada extraño encontrar las frescas huellas del jaguar. Cada vez que miré tal huella e hice, según la misma, mi conclusión respecto al tamaño del animal, mi pacífico espíritu deseó intensamente no encontrarse mejor con semejante felino. Un deseo que hasta hoy siempre se realizó satisfactoriamente.

Esta recién mencionada selva montañosa que alcance por Nimlatzul, colinda al norte con la llanura del Petén. Los poblados son raros y en grandes extensiones de Tierra Caliente faltan por completo. Una gran parte de estos poblados están habitados sólo temporalmente, cuando los indígenas llegan ahí únicamente a cultivar sus milpas y, más tarde, a cosecharlas. Como todos los poblados están habitados por indígenas, el excursionista se encuentra aquí completamente alejado de toda civilización, dependiendo totalmente de sus propios recursos. Los senderos están casi siempre en condiciones sumamente malas, debido a los montañosos y escarpados declives, y a la extraordinaria humedad del clima. Es ventajoso estar preparado a tales caminos, por lo menos hasta cierto modo, por haber hecho caminatas en los Alpes. Ropa y zapatos sufren notablemente. Y tengo que afirmar que en ciertos días he trabajado más con aguja y tijera, que con martillo y brújula. Algunos conocimientos de cocina son aquí también convenientes.

Hasta sería bueno que uno hubiera llevado anteriormente un curso de equilibrista ya que no sólo hay que pasar muchas veces por encima de árboles caídos sino también se encuentran troncos de árboles usados como puentes para cruzar por encima de los ríos. Cuando llueve, sucede fácilmente que el viajero, al pasar un puente resbala y toma un baño involuntario, lo que ya le ha pasado también a quién escribe estas líneas, En fin aquí se puede utilizar todas y cualquier habilidad, Útil en cualquier sentido para fines prácticos.

Si uno, además, ha llevado consigo un poco de energía y paciencia, puede ir tranquilamente a los bosques, cuya especial belleza ganará pronto el corazón de cualquier persona. Es cierto que aparecen ciertas perturbaciones que molestan temporalmente el disfrute sano de todo lo bello: el calor sofocante de los días claros, la humedad del camino durante la lluvia, la frecuente falta de agua potable, etc. Todo eso baja bastante el ánimo del excursionista. Las excursiones nocturnas bajo el resplandor de las antorchas–como las que tuve que pasar también ocasionalmente–tampoco forman parte de las cosas agradables de la vida en la selva. También la vegetación es en muchos casos enemigo del excursionista. . . en ninguna parte del mundo esta lucha es más reñida y más inútil que aquí: espinas se esconden perdidamente bajo el musgo y los líquenes; el principiante acostumbra agarrase especialmente de árboles traicioneros, raíces muy elevadas se ponen inesperadamente en medio del camino para que el intruso tropiece, y arbustos trepadores lo detienen y le roban sombrero y anteojos. En fin, existe una interminable abundancia de dificultades que no pocas veces amenaza con alterar el buen humor del viajero.

Pero par otra parte, se viven aquí también momentos que otorgan la más grande satisfacción. Qué bonito es, además de sorprendente, salir de la oscuridad de un bosque y entrar de repente a un claro: bonitas milpas rodean las cabañas cubiertas de palmeras, pareciendo que gigante solitario de la selva quedó parado en algún lugar del cual cuelgan pintorescamente lianas tan gruesas como un brazo. Al ama de casa le gusta dar al forastero el refresco común: agua tibia mezclada finamente con maíz. Generalmente se encuentra en negligé cuando la encontramos moliendo el maíz. Su atuendo consiste de una falda azul, en sus trenzas tiene cintas rojas y en el cuello una cadena de perlas (para completar el atavío de calle sólo se pone su güipil, que puedo definir con muy pocos conocimientos del lenguaje que usa una dama para nombrar su ropa, como un corto costal de un material liviano como para cortinas, en el cual hay una apertura en medio y dos en los lados, para la cabeza y los brazos).

 La ropa para los niños es en muchos casos más sencilla aún, y consiste para un niño en sombrero, para la pequeña hija de Eva en una cadena de perlas, mientras que otras de su misma edad renuncian inclusive hasta a estas humildes prendas de vestir. Todo es un cuadro de originalidad e inocencia patriarcal, que no se encontraría en Europa.

Y cuando se llega en el camino a un murmurante riachuelo y se descansa de los esfuerzos de la marcha, qué mejor que columpiarse en la hamaca y admirar el verdor de los maravillosos árboles, feliz y satisfecho, como si fuera el mismo Dios. Aunque llueva a cántaros y llegue uno cansado y mojado a cualquier Ermita, el sentimiento de desagrado se torna inmediatamente en bienestar en cuanto se viste con ropa seca, se toma una bebida caliente y se descansa bajo la segura protección de un hospitalario techo, mientras afuera las pesadas gotas caen lentamente de hoja a hoja, en tal forma que el bosque aun chorrea después que hace tiempos que terminó la lluvia.

Durante la caminata, sin embargo, nos alegraban y encantaban cada vez más las variadas imágenes de una viva vegetación de tantas formas. Y con gusto se remonta La mirada por encima de la cadena de cordilleras del norte y pasando la inmensa llanura del Petén. No se detiene sino hasta que se pierde en el infinito. Esto sucede, por cierto, cuando el excursionista ha alcanzado un lugar a cierta altura de vista libre. Pero siempre, y en todas partes, impresiona el fascinante susurro del bosque, la verdura y el eterno florecer de la vegetación, el encanto de una virgen naturaleza, el silencio y la soledad de todo el ambiente.

Cada vez más se aprende a preferir la paz de una región salvaje, a la vida de la ciudad, con sus prisas, su agitación y sus disputas.

¿Qué de particular tiene que yo y otros más digamos para nosotros mismos? 

“Aquí se está bien, dejad que construyamos viviendas aquí”

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