Cartas de un Cafetalero; Parte VI. 1 | Oskar Weber/Adrian Rösch

Santa María, 1 de enero de 1893

 

¡Querido hermano!

Recibe mi más sincero agradecimiento por tus buenos deseos para el Año Nuevo. Tu carta del 15 de noviembre llegó aquí justamente en la víspera de Navidad. Ese fue el único festejo para mí en ese día y en los dos siguientes, pues la Navidad no desempeña aquí un papel importante, como ocurre en general entre los pueblos latinos. Además, nos encontramos en plena cosecha, y cada día festivo significa una pérdida que puede calcularse directa y casi exactamente en marcos y pfennigs.

Si el café no se recoge tan pronto como madura, en pocos días cae al suelo y se pierde. El cálculo es, por ejemplo, el siguiente: cien personas recolectan diariamente unas ocho mil libras de cerezas rojas. Estas producen mil seiscientas libras de café seco en pergamino, o mil trescientas libras de café listo. A un precio actual de setenta pfennigs por libra, eso representa un valor aproximado de novecientos marcos. Como en todas partes falta mano de obra, aun cuando se la exija al máximo, casi todos los años y en todo el país una parte de la cosecha se pierde. Si además se presenta un día festivo, el trabajo omitido en esa jornada ya no puede recuperarse y constituye una pérdida directa. Puedo comprender perfectamente que el “viejo” se ponga nervioso en tales circunstancias.

Pero hoy, en Año Nuevo, los mestizos no quieren trabajar, y los indígenas, para quienes este día no es en realidad importante, naturalmente también quieren celebrar. Por eso tengo tiempo para escribirte algunas cosas. Me preguntas por la caza y por si me gusta montar a caballo. En cuanto a lo primero, casi no tengo ninguna oportunidad, y lo segundo, el montar, se nos ha vuelto tan habitual que lo consideramos solo como un medio de transporte, del mismo modo que tú considerarías el ferrocarril o el coche de correos.

El único atractivo que todavía tiene para nosotros montar a caballo consiste en tentar ocasionalmente al diablo sobre un potro joven o una mula, en nuestros caminos y senderos espantosos. Lo que un caballo puede hacer al lanzarse hacia adelante sin control es superado aún por la terquedad y el nerviosismo de una mula joven al encabritarse, retroceder, patear y brincar. Como en viajes de cuatro días no solemos disponer ni de médico ni de veterinario, no nos permitimos ese tipo de diversiones con demasiada frecuencia. Por lo general utilizamos nuestros animales fiables, cuyos vicios conocemos bien y frente a los cuales sabemos cómo protegernos.

Si el camino sube con fuerza —y aquí siempre se sube o se baja—, suelo leer tranquilamente una revista, como tú harías en un vagón de tren. Casi siempre se cabalga solo. Únicamente hay que mirar siempre un buen trecho del camino por delante, por si acaso hay una serpiente en el sendero. Usamos, por cierto, estribos norteamericanos de madera, con una gran protección frontal. En ellos no se puede quedar atrapado bajo ninguna circunstancia, y además de ser seguros, son muy cómodos. La tontería de las cuatro riendas casi nunca se practica aquí. Montamos solo con cabestro —muy severa para las mulas—, pero no las atormentamos con órdenes como “cabeza arriba” y cosas similares, sino que dejamos las riendas casi sueltas.

 

El autor con la mula fina | Imagen original mejorada digitalmente

 

Consideramos un recorrido de sesenta a ochenta kilómetros diarios, siempre subiendo y bajando, por caminos cuya peligrosidad no te puedes ni imaginar, y además con equipaje, como algo completamente normal. Las marchas reglamentarias de la caballería alemana son, hasta donde sé, de cuarenta a sesenta kilómetros, y eso sobre caminos llanos.

En cuanto a la caza, ¡Dios mío! Antiguamente, en las vacaciones, como seguramente aún recuerdas, con nuestro Roberto disparábamos con entusiasmo a gorriones y ranas cuando nadie nos veía —y eso ocurría a menudo—, y cuando estábamos bajo control usábamos ballesta y diana. Aquello era un deporte regio comparado con mis actuales oportunidades de caza. Estas se limitan casi exclusivamente a la eliminación de animales dañinos o molestos: zarigüeyas, serpientes, ratones, sapos y halcones. Para ello suele bastar un palo largo, verde y flexible, el látigo de montar, el machete, una trampa de hierro y, para los halcones —enemigos de las gallinas—, la vieja escopeta del marqués.

Para otro tipo de caza no tenemos tiempo, pues también las mañanas de los domingos están ocupadas con trabajo; es entonces cuando se paga a los trabajadores. La caza la practican casi exclusivamente nuestros indígenas, muchos de los cuales poseen escopetas; son armas malas y ligeras de avancarga[1], pero la gente sabe manejarlas bien. De animales salvajes tenemos aquí justo lo suficiente, más de lo que nos gustaría, pero la caza es extremadamente cautelosa y esquiva, porque, con excepción del jaguar, el rey de todos los animales de esta región, cada especie tiene aquí enemigos específicos, entre los cuales, naturalmente, el hombre con arma de fuego es uno de los más peligrosos.

La caza es aquí completamente libre, y como a los animales se los persigue durante todo el año, se han vuelto correspondientemente cautelosos y por lo general solo se aventuran fuera de la espesura y de los barrancos cuando está lo bastante oscuro para alimentarse. El terreno es escarpado y, por lo general, también el calor intenso no invita mucho a la caza.

En cuanto a lo que escribes sobre nuestra supuesta comodidad y sobre los frutos del cafeto —al que siempre llamamos, aunque incorrectamente, “árbol”—, estás completamente equivocado desde el punto de vista del orgullo propio. Es cierto que llevamos nuestro negocio con cierta tranquilidad; sin embargo, ya he tenido aquí meses en los que he trabajado más que nunca en el Viejo Mundo, y aun en tiempos normales mi día suele estar completamente lleno. Comienza generalmente a las seis de la mañana y termina hacia las seis de la tarde, con solo una pausa de una hora al mediodía. Teniendo en cuenta el calor y la humedad de estas regiones, eso es más que suficiente, y por las tardes me noto más delgado. Pero no debes preocuparte: eso es propio del clima.

Los frutos del cafeto son, cuando maduran, rojos como una cereza y tienen aproximadamente la forma y el tamaño de una pequeña cereza silvestre; la pulpa, que no es abundante, es bastante blanda y puede aplastarse entre dos dedos. Tiene un sabor agradable, dulce y aromático. Cuando se presiona una cereza madura, saltan dos granos o semillas amarillas, envueltas en una pulpa viscosa y dulzona.

Estos dos granos son planos por un lado y convexos por el otro, exactamente con la forma del café descascarillado que tú conoces, aunque son blandos y considerablemente más grandes. Dentro de la cereza roja se encuentran presionados uno contra otro por el lado plano (la madre naturaleza es tan práctica y cuidadosa en lo pequeño como en lo grande), pero se separan fácilmente una vez que salen de su envoltura roja.

Después de liberar laboriosamente los granos de la pulpa pegajosa, ya sea con los dedos o con la lengua y los dientes, puede retirarse con las uñas una delgada piel amarilla, que constituye la cubierta exterior del verdadero grano de café. Esta piel tiene aproximadamente el grosor del papel y, cuando está seca, se parece mucho a un pergamino fino y amarillo. Por ello se la llama aquí “pergamino”, y al café en este estado se lo denomina “en pergamino”. Una vez seco, ya se comercializa en el país en este estado e incluso se exporta.

Después de retirar esta cáscara de pergamino, que envuelve completamente el grano sin estar adherida a él, aparece todavía una segunda piel muy fina. Esta envuelve también todo el grano, se adhiere bastante a él y es de color gris claro. Se la llama la “piel plateada”. Esta piel penetra incluso en la hendidura del grano; pequeños restos de ella quedan a veces atrapados allí, viajan a través del mar hasta la sartén de tostado de tu ama de casa y solo aparecen durante el tostado; seguramente ya lo habrás observado.

Cuando se ha retirado la piel plateada del fruto fresco, se obtiene por fin el verdadero grano de café. Este es aproximadamente un cincuenta por ciento más grande que el grano seco ya terminado, de color gris amarillento y bastante blando. Puede marcarse fácilmente con la uña. Si has llegado hasta aquí con paciencia, puedes tirar tranquilamente el grano; si lo secaras en este estado húmedo, no valdría absolutamente nada. Las semillas, como sabes, solo pueden secarse dentro de su cáscara.

[1] Se carga por el cañon

 

 

Referencia: 

Adrian Rösch

Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).

Traducción y adaptación: Verapaseando

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