Santa María, 16 de enero de 1893
Querido hermano:
La última carta, del 1 de enero del presente año, te la envié en dos sobres separados, en dos semanas distintas. Las cartas pesadas tienden a “perderse” con facilidad por aquí. Acabo de terminar la vigilancia nocturna en el molino y en el despulpador, y aprovecho la ocasión para continuar la correspondencia, aunque nuevamente solo en escritura a lápiz; además tengo los dedos algo rígidos, pues en enero hace aquí relativamente frío. El termómetro marca solo 13 grados Réaumur; en un espacio casi totalmente abierto, esto es un poco demasiado para unos dedos acostumbrados al calor general del resto del año.
Te escribí acerca de la máquina clasificadora de granos redondos. Cuando la señora con la que te hospedas compra café, probablemente cree que esta variedad es la mejor, porque suele ser la más cara. Pero eso no es cierto en absoluto: los granos grandes, los pequeños y los redondos provienen todos del mismo árbol; en el sabor de la bebida no puede haber diferencia alguna. Los granos perla son en realidad incluso los “lisiados” entre sus semejantes, o los gemelos siameses. Un grano perla no es más que dos granos que han crecido juntos dentro de la misma cereza; nunca se encuentran dos granos perla en una misma cereza.
Después de que los granos han sido clasificados por tamaño y forma, viene una segunda operación importante: la selección manual; para esta tarea aún no se ha inventado ninguna máquina que ofrezca un resultado realmente utilizable. En un gran cobertizo cerrado o bajo aleros, se sientan muchachas y mujeres en largas mesas, cuyas superficies están divididas en compartimentos de aproximadamente un metro de ancho mediante tablas colocadas verticalmente, a modo de separadores.
En la parte frontal de la mesa hay un agujero redondo; frente a cada compartimento se sienta una seleccionadora, con un gran montón de café delante de ella sobre la mesa. La seleccionadora extiende delante de sí varios puñados de granos y, con ambas manos al mismo tiempo, retira todos los granos defectuosos, arrojándolos a una canasta. La partida seleccionada la desliza a través del agujero o por el borde de la mesa hacia otra canasta que mantiene sobre el regazo.
El café sin clasificar le es entregado exactamente pesado, por lo general en sacos de 100 libras netas; las dos fracciones separadas deben volver a sumar exactamente 100 libras en el momento de la entrega, para evitar robos. Según el estado de la plantación, bueno o malo, varía la cantidad de granos defectuosos (en Hamburgo se los llama de forma muy expresiva “apestosos”), y según esa cantidad se paga a la seleccionadora por trabajo a destajo.
A pesar de que las mujeres trabajan con fabulosa rapidez con ambas manos, por término medio no pueden seleccionar mucho más de un saco por día. Es un trabajo para las palomas de Cenicienta: los buenos en un montoncito, los malos en otro. De un quintal pueden salir apenas un puñado de granos malos; de otro, de procedencia peor, pueden salir dos, tres o hasta cuatro libras de granos defectuosos. De la clasificación de granos grandes salen menos granos malos que de la de granos pequeños del mismo origen. Sin embargo, la selección es muy importante, pues un solo grano defectuoso (generalmente negro, rojizo o de color amarillo a blanco) puede Una partida que no se despacha correctamente se pierde en Londres o Hamburgo, o solo puede venderse con pérdida.

Pues solo se comercia con café de calidad, y quien quiera permitirse una bebida así no debería arruinar nuevamente el trabajo, realizado con diligente cuidado, añadiendo achicoria de mal sabor. Por otra parte, la bebida preparada con granos perlados, grandes o pequeños sabe casi exactamente igual, siempre que los granos hayan crecido en el mismo suelo y hayan sido seleccionados de manera uniforme y cuidadosa. En el precio, sin embargo, existe entre los distintos tamaños una diferencia considerable; no conozco la razón de ello, y el comerciante tampoco suele saberla.
Cuando el café está completamente seco y listo, se introduce, en sacos nuevos y resistentes de 100 libras netas cada uno, bien cosidos y marcados con plantillas que indican la marca, la calidad y el nombre del puerto de destino. Las personas encargadas de hacer los marcados no saben ni leer ni escribir, y por eso es especialmente importante para nuestro mayordomo asegurarse de que no coloquen la plantilla al revés.
Y ahora llega una de las fases más difíciles de todo el negocio: el transporte hacia la costa. Entra entonces en acción la paciente, resistente y eternamente útil mula, junto con su arriero y los ayudantes. A estos hombres, por desgracia, no siempre se les pueden atribuir las mismas cualidades. A cada mula se le cargan dos sacos, exactamente del mismo peso, uno a la izquierda y otro a la derecha. El cargado es un arte y, al mismo tiempo, un trabajo agotador, pues en los senderos empinados y peligrosamente malos la carga no puede desplazarse ni hacia un lado ni hacia el otro, ni hacia adelante ni hacia atrás. Todo debe amarrarse de forma adecuada, procurando el mayor cuidado posible del pequeño animal.
Encima de la carga se coloca además una gran lona impermeable, que también se amarra, y entonces comienza la marcha en una larga caravana (nosotros teníamos 30 animales), uno detrás de otro, a través de bosques y matorrales, sobre montañas y cruzando ríos, durante tres días, hasta llegar a un pueblo en la llanura. Desde allí, la carga es transportada en carretas tiradas por bueyes (otro viaje de varios días) hasta el puerto.
Al frente de la caravana camina un muchacho; él guía una yegua sin carga con una cuerda. La yegua lleva un collar con una campana de sonido claro. Las mulas, tanto machos como hembras, son muy aficionadas a las yeguas (que, por así decirlo, representan el noble parentesco de las mulas y los mulos) y las siguen con gusto. Como los animales de carga van sueltos y no guiados, sino arreados, la yegua cumple aquí plenamente su función. Lo mismo puede decirse de la campana: en los estrechos senderos de carga no siempre es posible apartarse, y quienes vienen en sentido contrario son advertidos de la proximidad del convoy por el sonido de las campanas.
El administrador cabalga al final de la caravana, mientras que sus empleados, distribuidos a lo largo de todo el grupo, caminan a pie. Cada uno vigila entre ocho y diez animales. Al atardecer se hace un alto en un lugar adecuado. Primero se ata la yegua; luego se venda los ojos a un animal, colocándole una ancha correa de cuero de la longitud correspondiente sobre los ojos. Después, con un hombre a cada lado del animal, se sueltan las cuerdas y, con la última cuerda, se retiran simultáneamente ambos sacos.

Los sacos se colocan en fila sobre el terreno más seco posible y se cubren bien con las lonas impermeables, pues bajo ninguna circunstancia el café terminado debe mojarse. Cuando todos los animales han sido descargados y se han enfriado un poco, se les quitan los aparejos y los cabestros, y pueden ir a buscar alimento en el bosque o el matorral. La yegua, en cambio, suele permanecer atada con una cuerda larga, para que las mulas no se alejen demasiado.
Los aparejos también se apilan y se cubren. De la “cocina” que se transporta en uno de los animales (una caja de madera común, de tamaño mediano, con tapa) se sacan: una olla esmaltada con asa y cadena, una bolsita de frijoles, un pequeño hervidor de agua, algunos platos de hojalata, tortillas (panes de maíz), café, azúcar morena y quizá también un poco de aguardiente. Los frijoles ya están algo cocidos y ahora se cuelgan, en una cadena, sobre el fuego, en un alto trípode hecho de tres varas, mientras el bosque proporciona la leña, más o menos seca. El hervidor de agua se coloca junto al fuego y las tortillas se calientan sobre una vara de madera verde o en un asador de alambre.
Cuando los frijoles están listos y el café preparado (el polvo se echa simplemente en el hervidor), puede comenzar la comida, que en cuanto a sencillez no tiene igual. Por la noche, cuando oscurece, cada hombre busca un lugar bajo los densos matorrales, a un lado o sobre el montón de café, se envuelve en su manta y duerme. Esto es fácil; si se tiene, antes se fuma todavía un cigarro o un cigarrillo. Si comienza la lluvia nocturna antes de que la gente haya terminado su comida, entonces también tienen que dormir con la ropa mojada. Es una vida dura la que llevan estas personas. Pronto también a mí me tocará algo parecido; pues en mayo pienso viajar hacia el norte para ver allí la tierra todavía sin dueño de la que te escribí anteriormente.
Estoy siempre al tanto de los acontecimientos en la antigua patria y también de lo que sucede en el resto del mundo; pero desde aquí muchas cosas se juzgan de manera distinta que desde cerca y, por lo menos por ahora, no me arrepiento en absoluto de haber cruzado primero el mar y luego haberme internado en la selva. Por lo demás, estoy sano y me va bien; también gano bien, y para gastar casi no hay oportunidad aquí. Uno de los principales rubros del presupuesto son los zapatos; estos son caros y malos, lo cual no es de extrañar en un país donde el 80 % de la población anda descalza y el resto (en las ciudades) no sabe lo que es una bota resistente de campesino. Saluda de mi parte a mis pocos conocidos y recibe tú mismo un cordial saludo.
Tu hermano
Oskar
Referencia:
Adrian Rösch
Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).
Traducción y adaptación: Verapaseando