Cartas de un Cafetalero; Parte VI. 3 | Oskar Weber/Adrian Rösch

Una vez hecho esto, el buen café en pergamino, aún húmedo, se vuelve a conducir con más agua a la plataforma de mampostería ya mencionada, donde debe secarse al sol. Tras su baño, los granos vuelven a salir limpios y de color claro. Se extienden durante el día, en capas de aproximadamente un dedo de espesor, en las secciones correspondientes de la plataforma. Un indígena descalzo “ara” de un lado a otro, arriba y abajo, con una especie de rastrillo de madera, para que todos los granos se sequen de manera uniforme.

Mientras brille el sol, todo va bien; pero si amenaza la lluvia, entonces grita “¡todos a cubrir!”, y quien esté cerca debe ayudar a llevar el café bajo el cobertizo que se encuentra a un lado de la plataforma; o bien se lo amontona en grandes pilas y se lo cubre con una lona impermeable. Esto se hace mientras el café aún está bastante húmedo.

 

Cosecha de café | Imagen original mejorada digitalmente

 

Pero si el café húmedo permanece cubierto demasiado tiempo, más de uno o dos días, comienza de nuevo una fermentación, esta vez seca; el montón se calienta y debe extenderse de inmediato, haga el tiempo que haga, pues de lo contrario el grano adquiere un color rojizo que ya no pierde; en ese caso, en Londres o Hamburgo valdría inmediatamente unos 20 marcos menos por quintal.

Precisamente ahora, en época de cosecha, aquí no se puede contar siempre con un clima regular y fiable, y es una carrera constante entre extender y volver a amontonar. Existen máquinas para secar el café con aire caliente; son grandes cilindros horizontales que giran sobre su eje y en los que pueden secarse 40 quintales de café en 24 a 36 horas. Y el “jefe” dice regularmente, cada vez que cae un chaparrón: “El año que viene seguro compro un secador”, mientras el mayordomo sonríe con complicidad (a espaldas del jefe). El mayordomo dice que oye lo mismo desde hace años.

Comprendo perfectamente por qué el marqués se lo piensa tanto: una máquina así no solo es condenadamente cara, sino que además solo puede transportarse hasta aquí con las mayores dificultades, por los senderos empinados y estrechos.

Cuando el café está finalmente seco tras unos seis días de buen sol, puede quedarse almacenado hasta su posterior procesamiento. Pero hasta que esté completamente seco pasa, naturalmente, más tiempo, a veces meses; pues día tras día llegan nuevas partidas frescas y húmedas a la plataforma, que al menos deben quedar medio o completamente secas. La cosecha dura, según la región y la altitud, casi sin interrupción desde septiembre hasta febrero o desde diciembre hasta mayo. Los frutos, una suerte para nosotros dada la escasez de mano de obra, no maduran todos al mismo tiempo.

Cuando el café en pergamino o café en cáscara está bien seco, las pieles de pergamino y plateadas pueden frotarse fácilmente entre las palmas de las manos; el grano en sí debe ser duro, difícil de morder, y debe presentar un bonito color gris azulado con superficie lisa. Durante el proceso de secado pasa por la escala de colores: gris claro, gris ceniza, gris oscuro, casi negro y finalmente gris azulado.

El café en pergamino bien seco puede clasificarse y terminar comercialmente en Hamburgo o Londres. Los primeros envíos de este tipo, si llegan a tiempo, siempre alcanzan buenos precios. Sin embargo, la mayor parte de la cosecha se procesa y selecciona aquí; contamos con las instalaciones necesarias: máquinas, energía hidráulica y trabajadoras clasificadoras.

El café seco en cáscara pasa primero por la descascaradora, de la cual existen distintos sistemas. Uno de ellos funciona y se ve de forma similar a un molino de café, aunque con dimensiones completamente diferentes y mayores. Todo es de hierro fundido y acero, y el conjunto pesa muchos quintales. Los tornillos y el interior estriado de la carcasa están dispuestos de tal manera que los granos propiamente dichos no puedan romperse bajo ninguna circunstancia.

La masa se frota continuamente contra sí misma bajo presión, lo que hace que las frágiles pieles de pergamino y plateadas se rompan y se separen del grano. Un potente ventilador (también llamado aventador) aspira estas cáscaras rotas, mientras que los granos ya limpios pasan al cilindro clasificador.

Existen también otras máquinas para el descascarado, construidas de manera diferente, pero que siempre se basan en el mismo principio. El cilindro clasificador horizontal está hecho de largas varillas de alambre y clasifica los granos normalmente en cinco tamaños, desde los granos grandes y redondos hasta los fragmentos rotos. Tiene cuatro metros o más de longitud y está montado en una caja. A través de las pequeñas aberturas correspondientes de la caja, los granos saltan a sacos colgados.

 

Supervisor indígena | Imagen original mejorada digitalmente

 

Las máquinas son accionadas por nuestra gran rueda hidráulica, y todo el conjunto se asemeja a un molino. Naturalmente, también hay máquinas auxiliares más pequeñas, elevadores de cubos y similares. Donde no hay energía hidráulica disponible, se utiliza energía a vapor con combustión de leña. Transportar carbón mineral hasta nuestras montañas está completamente descartado.

Una interesante máquina auxiliar es la que separa los granos redondos, el llamado café perlado, de los granos planos y normales. En esencia, se trata de un dispositivo con dos rodillos recubiertos de goma, uno situado más arriba y atrás, y el otro más abajo y adelante El conjunto está dispuesto horizontalmente. Los rodillos miden aproximadamente un metro y cuarto de largo, tienen la misma separación entre sí, giran en paralelo y sobre ellos corre una banda sin fin, recubierta de caucho elástico, del mismo ancho. La banda se mueve lentamente sobre los rodillos, con la parte superior en pendiente ascendente.

Paralelos a los dos rodillos hay fijadas transversalmente sobre la banda unas cinco varillas delgadas de hierro, de modo que no tocan la banda; la distancia con respecto a esta es de aproximadamente un centímetro y medio. De estas varillas cuelgan numerosos dedos móviles de chapa, de alrededor de un centímetro de ancho, dispuestos en grupos. Estos dedos están orientados hacia arriba, reposan muy ligeramente sobre la banda, y esta se desliza por debajo de ellos.

Es como si uno colocara los dedos abiertos de una mano, con la palma hacia arriba y las puntas de los dedos también hacia arriba, sobre una tela inclinada, y luego deslizara lentamente la tela hacia arriba bajo los dedos. Los grupos de dedos horizontales están “desfasados” entre sí; es decir, donde en la primera fila descansa un grupo, en la siguiente fila hay un espacio entre los grupos. Los grupos de la tercera fila se sitúan nuevamente justo debajo de los grupos de la primera.

En la parte superior del bastidor hay un gran depósito, tan ancho como la banda, en el cual se vierte el café que debe clasificarse. Debajo de este depósito, y también debajo del extremo superior de la banda, hay un canal que recoge los granos planos que suben arrastrados por la banda. En el extremo inferior de la banda hay un segundo canal, en el que saltan los granos redondos, el llamado café perla.

La máquina es accionada por la transmisión, junto con las demás máquinas, y funciona lentamente, como ya se ha dicho. Cuando se vierte café en el depósito superior, este cae sobre toda la anchura de la banda, como gotas de lluvia que caen del techo sin tubería.

Los granos chocan entonces contra los dedos, pero de manera muy diferente: los granos redondos no se molestan con estos obstáculos; ruedan y saltan, por así decirlo, libremente de lado a lado hacia abajo y entre los dedos, y pronto llegan al canal inferior, que los conduce al saco colgado debajo.

No ocurre lo mismo con el grano plano. También este salta y rueda al principio y puede chocar contra algún dedo sin quedar retenido, pero finalmente alcanza su destino; en algún dedo, quizá ya en la última fila inferior de dedos, choca torpemente (para entonces ya se ha cansado de tantos golpes), cae sobre su “espalda”, es decir, sobre su lado plano, ya no puede rodar y entonces es transportado hacia arriba por la banda, entre los grupos de dedos. Arriba, donde la banda se curva alrededor del rodillo superior, cae en su canal y en su saco. Ninguno escapa a su destino. ¿No nos ocurre exactamente lo mismo a nosotros?

Es bonito observar el juego de los granos; esta máquina trabaja con gran precisión, mientras que aún no se ha logrado construir un despulpador que funcione realmente bien.

Fin y punto; más la próxima vez.
Tu Óskar.

 

 

Referencia: 

Adrian Rösch

Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).

Traducción y adaptación: Verapaseando

About Author

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *