London, 1 de marzo de 1891
¡Mi querido hermano!
Muchas gracias por tus afectuosos deseos con motivo de mi cumpleaños. Sí, tienes razón: en efecto, ya es el vigésimo octavo, pronto cumpliré treinta, y eso me ha llevado a la decisión de que así no puede continuar mi vida. Llevo ya desde los dieciséis años sentado en oficinas, y todo lo que he logrado ahorrar en todo ese tiempo son unos miserables 4,000 marcos. Aquí ocurre exactamente lo mismo que en Francia y en Italia: sin un capital considerable uno puede envejecer y encanecer como simple escribiente.
Por ello he decidido probar suerte en el Nuevo Mundo y, si es posible, forzar allí mi destino. Ya el próximo mes viajaré al Estado Libre de Tocoma*, en Centroamérica. He recibido noticias de que allí aún hay espacio para que un joven comerciante pueda abrirse camino. Mi avalista me escribe que, si soy “el hombre adecuado”, seguramente encontraré pronto una posición, pero que, en cualquier caso, debo prever 1 000 marcos para una posible estancia sin empleo en la capital, Aguacha, y otros 1 000 marcos —en buenas letras de cambio— para el viaje de regreso, en caso de fracaso.
Estoy realmente satisfecho de haber ahorrado dinero; gracias a ello soy independiente en mis decisiones. Nunca antes había sentido con tanta claridad que el dinero garantiza la independencia. ¡Que los parientes de allá se lamenten cuanto quieran por cómo pueda salir el asunto!
Nuestro “old man”, como llamamos al principal, me ha prometido conseguir, por medio de un amigo suyo en la ciudad, una carta de recomendación dirigida a “el banco” de Aguacha (al parecer solo hay uno de verdadera importancia). Esto, naturalmente, me resulta muy deseable, ya que allí no conozco alma viviente. El clima de la capital debe de ser saludable, así que por ese lado no necesitas preocuparte. En cambio, todo el país parece ser un rincón olvidado por Dios; pues la gran naviera en la que solicité información solo pudo indicarme el camino hasta el único puerto del país, pero sobre el viaje posterior hacia el interior, hasta la capital, solo pudieron ofrecer conjeturas.
El riesgo, dejando aparte el dinero, no es mayor que los viajes que emprendieron nuestros dos bisabuelos (uno como tonelero y el otro como oficial zapatero) hasta la frontera turca y hasta España. Ellos tuvieron que arreglárselas a pie, con bolsas bien magras y sin conocimientos de idiomas.
Parto el 15 de abril en el vapor “Murwal” y tardaré unas cinco semanas hasta Colón (Panamá). Así que durante los próximos tres meses no sabrás nada de mí.
Cuídate mucho y recibe mis más cordiales saludos de despedida,
tu hermano
Oskar
*. Todos los nombres son ficticios

(Tarjeta postal)
Panamá, 15 de mayo de 1891
Querido hermano:
He llegado aquí sano y salvo. Colón, completamente devastada por el incendio; el canal abandonado a medio construir por los franceses; la vieja ciudad de Panamá; el calor y la fiebre amarilla, que acaba de manifestarse, son cosas todas ellas más o menos interesantes. Mañana continuaré hacia el norte, por el océano Pacífico, en el vapor “San Isidro”, rumbo a Tivurón, el puerto de Tocoma.
Tu Oskar.
Aguacha, Hotel Internacional, 2 de junio de 1891
República de Tocoma, Centroamérica
¡Mi querido hermano!
Tras un viaje muy agradable por este océano Pacífico —que esta vez hizo honor a su nombre— llegué hace algunos días a Tivurón. En el “San Isidro” entré por primera vez en contacto personal con el Lejano Oriente, ya que viajé en primera clase; pues quien busca una buena posición debe moverse siempre en el mejor ambiente social posible.
Allí hice también contactos que jamás habría logrado en segunda clase; porque, por pequeño que sea el espacio de un barco, un mundo entero separa la primera de la segunda clase, y esta, a su vez, del entrepuente. En primera clase teníamos camareros chinos, y concretamente uno por cada cuatro pasajeros; gente alta y hermosa del norte de China, con largas trenzas colgantes y vestidos de blanco impecable: amplios pantalones y blusas con mangas anchas que se ensanchaban hacia abajo.
En Tivurón solo existe una bahía, pero siempre con fuerte oleaje. Quien desea desembarcar es sentado en cubierta en una especie de silla (fabricada con un barril de petróleo), que lleva arriba un gran y sólido arco de hierro. Este cuelga de una cuerda que pasa por una polea, fijada a su vez a una grúa. La cuerda vuelve desde allí a cubierta, hasta un cabrestante de vapor. Una vez sentado en el barril y bien agarrado a las barras de hierro del armazón, la grúa, a una señal del oficial de guardia, empieza a tirar: la silla se eleva un metro, se balancea por sí sola hacia fuera y luego uno desciende, desciende, hasta aterrizar con un buen golpe en el fondo del gran bote que sube y baja danzando sobre las olas.
Luego se es arrastrado en él a través de la rompiente y después izado, del mismo modo, desde el bote hasta un muelle alto, junto con el equipaje. En el muelle los porteadores que trabajan allí empujaron directamente mi gran baúl al agua (ya ves: aquí también podría haber conocido de inmediato a los hijos de África). Como todavía hablo mal el español, mi baúl habría tenido un mal destino si no hubiera encontrado a un alemán empleado en el muelle. Él recuperó rápidamente mis (únicas) pertenencias. Si en este puerto olvidado por Dios hay un alemán, entonces no es difícil creer que se los encuentra en cualquier lugar del mundo.
Lo que la naviera en Londres no pudo decirme, lo aprendí aquí con suficiente rapidez: La comunicación con la capital se lleva a cabo mediante carretas cubiertas y mulas para el transporte de mercancías, y exclusivamente a lomo de mula para el traslado de personas. Las carretas y los animales son conducidos por mestizos; ¡otra clase distinta de gente! Tras una estancia de tres días pude unirme a una caravana de mulas de transporte.
Lo que soporté durante los tres días siguientes en la silla de montar no cabe en piel de vaca alguna. Una silla mexicana sin acolchar, ropa demasiado caliente, alojamientos nocturnos espantosos, marchas nocturnas y un sol implacable pueden darte una idea aproximada. A ello se añadieron muchas otras incomodidades.
Por los motivos ya mencionados, me he alojado en el primer hotel de la ciudad; es muy bueno, pero para mis circunstancias resulta indecentemente caro; además, pertenece a un alemán. Mañana o pasado mañana llegará mi baúl; entonces me pondré mis mejores “galas” y entregaré mi carta de recomendación. Mientras tanto aprendo español a trompicones y con gran esfuerzo. Los mozos son indios de sangre pura, pero hablan bien el español; son muchachos agradables que se esfuerzan conmigo. Este tipo de gente me agrada mucho.
Por ahora mi dirección es la indicada arriba, a través de Colón/Panamá.
¡Pronto más noticias!
Tu hermano
Oskar
Hotel Internacional, Aguacha, 6 de junio de 1891
República de Tocoma, Centroamérica
¡Querido hermano!
¡He triunfado! He encontrado lo que buscaba, y además mucho más rápido de lo que pensaba. La preocupación por mi futuro me había pesado hasta ahora, pero ya ha desaparecido y vuelvo a estar alegre; incluso haría gustoso de nuevo todo el largo viaje, esta vez con el corazón ligero y como un viajero.
Por ahora, sin embargo, toca trabajar; pues he encontrado un empleo bien pagado ya en los primeros días. El dueño del negocio es bohemio y el primer contable es suizo; yo he sido contratado como segundo. Una pequeña, muy pequeña gota de amargura ha caído en mi alegría: debo esperar cuatro semanas hasta que el actual ocupante del puesto sea expulsado; ya se le ha dado el aviso. Es cubano y criollo. ¡Otra clase distinta de gente! Mira más adelante el diccionario de conversación bajo: criollo, mestizo, mulato, cuarterón y zambo*; entonces podrás comprender mejor muchas cosas.
Las cuatro semanas de espera abrirán un buen agujero en mi bolsa; pero eso ya me da igual, ahora que la preocupación ha desaparecido. Durante ese tiempo seguiré aprendiendo español. El clima aquí parece bueno. Ahora que sabes mi dirección, puedo esperar dentro de dos meses tantas líneas tuyas como quieras.
Recibe mientras tanto un cordial saludo de tu hermano
Oskar

*. Véase el apéndice en la página 88.
Referencia:
Adrian Rösch
Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).
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