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Cartas de Erwin P. Dieseldorff | Carta #8 parte I

Cartas de Erwin P. Dieseldorff | Carta #8 parte I

Cobán 10 de Noviembre de 1888.
Carta#8 parte I
 
Mi última carta la escribí en Panzós, lamentablemente el correo acababa de salir cuando llegue aquí, por lo que esta carta y la última habrán pasado 15 días, espero que no te hayas sentido intranquila. Telegrafiar desde aquí está ligado a grandes dificultades, porque hay que enviar el telegrama desde aquí a un amigo en Guatemala, este lo tiene que dirigir de allí a El Salvador, por cuyo estado se tienen que transmitir los telegramas a Europa, pues el gobierno de Guatemala no ha querido pagar sus deudas.
 
Hasta ahora te he escrito con lápiz ya que no se podía conseguir tinta. Te conté como viajamos río arriba por el hermoso río tropical Polochic y en mi última carta me quede en Panzós. Para describirte claramente la continuación de nuestro viaje te voy a dibujar un mapa, que tal vez no sea tan exacto, pero que te dé una idea suficiente. En el reverso del mapa encontraras el cálculo de la la cabalgata, veras que en total cabalgamos 22 horas y 45 minutos; 6,40 el primer día, 8.10 el segundo y 7.55 el tercero. Nuestros mozos, es decir indígenas que trajeron nuestras camas, hamacas, caballos, sillas, cuchillos, tenedores, manteles, etc estuvieron 4 días en camino o sea que nosotros tuvimos que esperar un día más en Panzós. El tiempo nos pareció realmente largo. Panzós se encuentra en un valle bajo, a pocos metros sobre el nivel del mar, por lo que allí hace mucho calor y cada tarde, a partir de las cuatro llueve casi diariamente. Por eso la vida en Panzós es malsana.
 
 
A eso se suma todavía un cantidad de mosquitos y muchos otros insectos, bichos y arañas malignas (entre otros, atrapamos a la famosa tarántula venenosa que salta sobre uno) y no puedes imaginarte como es allí la vida de difícil. No obstante en Panzós vive desde hace varios años un alemán con su esposa, un señor Schäfer y como la vida allí es tan monótona, no es de asombrar que se haya encargado al grande y ampliamente difundido vicio de este clima caliente; el trago.
 
El sol calienta aquí terriblemente ya a las siete y media de la mañana. Los caminos están siempre tan malos, que hay que salir a caballo, aun para las distancias más cortas. Los caballos son pequeños, pero caminan bien y lo llevan a uno muy cómodamente. No están malacostumbrados y pueden trabajar mucho y soportar más incomodidades que nuestros caballos. Su valor es bajo; por 400 marcos se puede comprar aquí un buen caballo. Hay quienes poseen mulas; estas aguantan muchas más que los caballos y más seguras para los caminos largos y peligrosos. Las mulas se crían del asno y la yegua y no tienen sexo, por lo que no se pueden reproducir como raza.
 
Los caballos caminan aquí en una forma que se llama “andar”. En el suelo se oye el golpe de las herraduras 1, 2, 3,4 y no el 1,2 (ó 1, 2,3) como a trote o a galope. Al andar se está sentado cómodamente en la silla, la que en si es muy cómoda, a veces tienen una especie de barro y al cabalgar con cuidado es poco probable que se sienta algo o se lastime uno. Por lo general se deja que camine el caballo, sino no fuera posible que después de tres días de montar a caballo uno no sienta nada de dolor o incomodidades en las sentaderas ni gran cansancio.
 
En Panzós nos acostumbramos pronto a los mosquitos y al final vi las picaduras con indiferencia. La última noche estuvimos Westendorff y yo sentados en el cuarto sin tener nada que hacer. Apostamos quien mataría el mayor número de mosquito en el siguiente cuarto de hora, pero después de eso también se volvió monótono, me senté y dibuje y poco a poco estoy mejorando en eso. Luego hice unos versos. Después dormimos en un rancho de paja, donde no había más que tres camas, una silla de tres patas y una botella de cerveza y cualquiera podía entrar libremente, ya que no había puerta. Después de una hora se nos unió un viejo negro asmático, que ocupo la tercera cama.
 
El ultimo día todavía vimos un entierro indígena, es decir, por el pueblo cuatro gentes cargaban el cuerpo ligeramente envuelto sobre tablas, una mujer corría detrás con un recipiente de incienso. Por lo demás nadie se preocupó del entierro. Me afecto extrañamente que los miembros de una comunidad tan pequeña demostraran tan pocos sentimientos por el deceso de otro. Los indígenas de aquí son gente extraña.
 
 
Una muchacha joven le trajo a Agnes una flor rara, que por la mañana es blanca, a medio día rosada y por la noche es color café oscuro y luego muere. Se le llama flor de un día. No pude menos que comparar el blanco con la virtud de la inocencia, el rojo con el amor y el café con la muerte.
 
Las monedas que tienen aquí son de un dólar -peso- (nominalmente valen 4 marcos pero se descuenta 30% de cambio, o sea valen más o menos 3 marcos), medio dólar, una pieza de 2 reales, 1 real, medio real y cuartillo. Un peso tiene 8 reales. Los cuartillos son muy raros y quien puede los guarda como curiosidad. Las monedas de Guatemala existen en pequeñas piezas solo hasta el medio peso. Hay monedas mexicanas, peruanas, chilenas. Todo es plata, ninguna de oro o cobre. El peso de la república de Chile tiene un dicho desvergonzado “por la razón o por la fuerza”. Esta es la moral característica de toda Centroamérica al igual que en Chile, solo que aquí se podría agregar todavía “por el robo”.
 
En Panzós tuvimos el último “privado” o retrete que habríamos de ver hasta Cobán y que también estaba en malas condiciones; sucio, decadente e indescriptible. Después las damas y los hombres íbamos al campo entre los matorrales para hacer nuestras necesidades.
Al amanecer del 6 de noviembre partimos de Panzós a las 5:30. Cabalgue sobre una mula, la única que teníamos, está la monte hasta poco antes de Cobán. Los otros cabalgaron en caballos y pequeños, o sea August, Agnes, Adela, Westendorff, Jessy (la muchacha), Gabino (sobre un corcel) y Juan el sirviente que arreglo todo el viaje desde Panzós. Fritz estaba en una especie de cajita que cargo uno de los indígenas de Cobán llamado Leandro. Los 14 mozos cargaban nuestros catres, etc.
 
Leandro siempre mantuvo el paso con nosotros hasta Cobán, lo que seguramente es una cosa muy extraña pues solo en raras ocasiones August llevo a Fritz en la silla delante de si y no hubo descansos durante la cabalgata (con una excepción). Leandro llevaba la caja sobre la espalda y caminaba agachado a un paso rítmico delante de los caballos. Como es costumbre aquí la caja esta revestida de lazos que terminan en una ancha tira de cuero que se colocan en la frente. Los indígenas restantes tenían que llegar todos los días al lugar donde dormíamos; también arribaron la misma noche a Cobán. Todo el viaje me costó más o menos 1,000 marcos. Yo solo no lo hubiera podido hacer por menos de 1,100 marcos.
 
 
El primer día desayunamos en Teleman, donde vimos el primer café, cacao y frutas. Las naranjas se podrían por cientos en los árboles. Aquí la gente come tortilla, un pan del país. Se hace de la siguiente manera. El maíz se crece mucho aquí, es desgranado, ablandado, molido en piedras y amasado, luego se forma un pequeño platillo redondo en la mano y se coloca en una sartén; se parece a los panqueques, pero sin mantequilla. Las tortillas se sirven calientes, frías no saben y los nativos las usan como cucharas, las doblan y las usan como palas para llevarse el arroz y los frijoles o la carne (lo comen raras veces) a la boca. La gente común no posee cuchillos ni tenedores ni cucharas por lo que pedimos que nos los enviaran de Cobán. August es aquí una personalidad muy grande e importante y en general popular. Sabe tratar a la gente, habla amablemente con la gente sencilla y hasta les aprieta la mano sucia. Cuando entienda y hable español lo voy a hacer como August; decir grandes lisonjas o sea, saludar a las viejas como si fueran jóvenes y hacerles cumplidos sobre su pelo viejo y aspecto feo, etc.
 
La Tinta es un pueblo indígena pequeño, donde estuvimos bastante incómodos. San Miguel (Tucurú) ya es más grande y tiene una iglesia bastante grande. En Tamahú los niños habían hecho un examen el día anterior y los viejos tomaron como pretexto para emborracharse con aguardiente de caña del país. La gente todavía estaba borracha al día siguiente, las mujeres más que los hombre y Westendorff recibió unos abrazos cariñosos de viejas sucias, que se puso enojado y turbado y salió furtivamente de la casa. La noche la pasamos con entreactos. August saco toda la gente de las dos habitaciones donde debíamos de dormir. Por lo general las utilizaban como salón y comedor. Tan pronto como estábamos solos, cerramos las puertas con mesas y palos a manera de tranca para que no las pudieran abrir desde afuera. A las once me despertaron voces recias de personas que vociferaban ante la puerta y trataban de abrirla. La gente estaba borracha y escuche tres voces de mujeres, no sé si languidecían por Westendorff o si querían algo, pero si hubieran podido entrar, entonces no hubiéramos tenido tranquilidad el resto de la noche.
 
Tras cierto forcejeo cedió el palo y ya se podía ver la cabeza sucia de una mujer, cuando de repente tuve una idea genial: Tosí profunda y agudamente como fantasma, con un raro sonido posterior y ¡deberías haber estado allí! La luz se apagó de inmediato (probablemente se cayó) y repercutió el grito asustado de “Gracias a Dios” y “Santa María”. Las viejas desaparecieron, posiblemente creyeron haber oído al diablo. Cuando me sentí seguro, sonreí satisfecho por cinco minutos. A la una, nos despertó un perro, el que, creo yo, entro furtivamente por una breve caza ya que Adela salto de la cama, y nosotros continuamos durmiendo.
 
 
 

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