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LA HACIENDA SAN JERONIMO I |De ingenio azucarero a municipio

Orígenes y fundación

El origen de la Hacienda San Jerónimo se remonta a una merced real otorgada en 1579. A partir de esa concesión inicial, los frailes dominicos del convento de Cobán fueron adquiriendo sucesivamente terrenos aledaños hasta consolidar una gran propiedad. Algunas fuentes sitúan hacia 1572 el establecimiento formal de un “sitio de estancia para ingenio de azúcar”, lo que nos sugiere que la fundación fue, más que un acto único, un proceso gradual de acumulación de tierras a lo largo de varias décadas.

San Jerónimo estuvo situada en la jurisdicción de la Verapaz, en el territorio que hoy corresponde a Baja Verapaz, cerca del pueblo de Salamá. Fue, durante toda la época colonial, la propiedad agrícola e ingenio azucarero más importante de la orden dominica en el Reino de Guatemala.

La Colonia

Para 1696, la propiedad ya alcanzaba 12 caballerías[1] de extensión y contaba con al menos 150 esclavos negros. A finales del siglo XVII, San Jerónimo era, junto con otros seis ingenios existentes en Guatemala, una de las propiedades más valiosas del Reino: de esos siete ingenios, seis pertenecían a órdenes religiosas, y de estos, cuatro eran de los dominicos, quienes controlaban gran parte de la producción de azúcar. El ingenio de San Jerónimo era considerado el más importante de todos ellos.

El cultivo de la caña de azúcar se había introducido en la zona antes de 1625 y se difundió con rapidez. Para 1712, prácticamente todos los propietarios de la región de Rabinal cultivaban caña, con la notable excepción de los pueblos indígenas, que se mostraron renuentes debido al alto costo de inversión y a la escasa disponibilidad de tierras irrigables. Observamos aquí un patrón más amplio: mientras la economía de subsistencia indígena se basaba en maíz, frijol y chile en tierras de temporal, los cultivos comerciales más lucrativos -caña de azúcar, algodón, cacao- quedaron mayormente en manos de haciendas, cofradías religiosas y particulares españoles o ladinos.

Los ingenios del Valle de las Mesas, junto con San Jerónimo, abastecían a la ciudad de Guatemala con más de 18,000 arrobas de azúcar. Hacia finales del siglo XVIII, San Jerónimo seguía siendo el mayor ingenio del Reino, con más de 1,000 trabajadores, de los cuales unos 700 eran esclavos negros -cifra notablemente estable, que volvería a documentarse décadas después, en vísperas de la Independencia (1821): 557 esclavos, 705 indígenas y 237 libertos.

Pese a su tamaño e importancia, San Jerónimo no fue de los ingenios que modernizaron su tecnología incorporando molinos de hierro, a diferencia de Comalapa, El Chol y Jocotán, lo que hacia finales del siglo XVIII contribuyó a cierto rezago tecnológico relativo respecto a otros ingenios. Su fortaleza no estaba tanto en la maquinaria como en la infraestructura hidráulica: un acueducto de un kilómetro de longitud y un sistema de riego que permitía regar 300 hectáreas de campos de caña, con reservas de otras 1,800 a 2,800 hectáreas irrigadas por lluvia. El arzobispo Pedro Cortés y Larraz, quien visitó la región hacia 1768-1770[2], quedó maravillado al comprobar que, en caso de lluvia, uno o dos esclavos con asistencia mecánica podían cubrir toda el área de secado de cientos de pilones de azúcar en cuestión de cuatro a seis minutos.

Además del azúcar, la hacienda producía aguardiente, miel, maíz, frijol, un poco de arroz, y criaba reses, mulas, caballos y borregos, vendiendo carne y quesos. Los dominicos lograron incluso aclimatar la vid para elaborar vino para los frailes. En las huertas del convento se introdujeron técnicas de cultivo y nuevas plantas -ciruelas, duraznos, granadas, limas, limones, membrillos y naranjas- aunque el trigo resultó imposible de cultivar por las frecuentes lluvias, y los higos y peras no maduraban bien por la misma razón.

La hacienda dominica de la Verapaz

San Jerónimo no era la única hacienda de la Orden en la región: los dominicos poseían también, cerca de Rabinal, San Nicolás Panxuc y San José Cubulco, ambas dedicadas principalmente a la cría de ganado. Pero San Jerónimo era, con mucho, la mayor: en el siglo XVIII se extendía sobre 168 caballerías de tierra (7,224 hectáreas). Las estimaciones coloniales más comunes del tamaño de la propiedad oscilaban entre 450 y 500 caballerías, aunque hacia finales del siglo XIX se aceptó implícitamente una cifra de 900 caballerías (70 consideradas irrigables, 830 restantes).

A escala más amplia, en 1720 los dominicos poseían, entre sus haciendas, la de San Jerónimo (Baja Verapaz), además de La Chácara, El Rosario y La Labor (Sacatepéquez), la de Cobán y la de Santa Cruz (Quiché) -evidencia, suponemos, de que la Orden gestionaba sus propiedades productivas como una red interconectada.

En Rabinal, siete cofradías religiosas indígenas mantenían su propio ganado en la hacienda de San Miguel Chicaj, que en 1588 ya contaba con una estancia de ganado mayor y cuatro caballerías de tierra; hacia 1776 disponían de 2,200 cabezas de ganado, aunque después de 1790 se registró una profunda decadencia atribuible a la mala gestión de los mayordomos (“cahavixeles”[3]) y de los padres doctrineros encargados de la venta de animales, quesos y cueros.

 

Mapa del Curato de Salama 1768-1770. “Descripción Geográfico Moral de la Diócesis de Goathemala hecha por su Arzobispo el Ilmo. Sr. D. Pedro Cortés y Larraz, del Consejo de S.M., en el tiempo que la visitó y fue.
Archivo General de las Indias

 

 Mapa del Curato de Salama 1768-1770. “Descripción Geográfico Moral de la Diócesis de Goathemala hecha por su Arzobispo el Ilmo. Sr. D. Pedro Cortés y Larraz, del Consejo de S.M., en el tiempo que la visitó y fue.

Archivo General de las Indias

 

 

Mano de obra: esclavitud y trabajo

La hacienda dependía de una combinación de mano de obra esclava y trabajo indígena mediante el sistema de repartimiento. En el siglo XVII, el pueblo de Rabinal debía proporcionar a la hacienda entre 30 y 40 indígenas por semana mediante este sistema. Hacia 1700, los trabajadores migratorios representaban entre el 4% y el 10% de los tributarios de la región, y el caso de San Jerónimo era representativo de esta situación: la mayoría de sus trabajadores residía en Salamá, fuera de los pueblos de los que originalmente procedían -un patrón de desarraigo que explica la posterior formación de asentamientos permanentes de trabajadores, como “Barrio Abajo”, justo frente a la iglesia y la entrada de la hacienda.

El censo de 1806

Según el censo levantado en respuesta al Reglamento de Educación, Instrucción, Ocupación y Trato de Esclavos de 1806, el ingenio declaró oficialmente solamente 132 esclavos de trabajo -una cifra sensiblemente menor a la reportada décadas antes por Cortés y Larraz (~700) y también inferior a la de 1821 (557). Suponemos que esta discrepancia refleja una subdeclaración deliberada ante la Corona más que una disminución demográfica real, en un contexto de creciente regulación e inspección de las condiciones de esclavitud.

El censo detalla con precisión las condiciones materiales de vida:

  • Además del vestido usual, se entregaban 20 reales para la fiesta titular.
  • A los mandones (capataces) se les daban tres pesos para comprar frazadas en la feria.
  • Al casarse, los esclavos recibían más carne y cuatro pesos para la celebración.
  • Al morir un esclavo, sus deudos recibían cuatro pesos para los gastos del entierro.
  • Los sábados se repartía una ración de carne, y durante la cuaresma, frijoles.
  • En el trabajo, se menciona el uso de azadón para limpiar la caña y el uso del arado.

Los dominicos practicaban además la llamada “crianza de esclavos” de forma coordinada entre sus distintas propiedades -San Jerónimo, Anís, Nuestra Señora del Rosario, Palencia y Escuintepeque-, comprando y vendiendo esclavos jóvenes para renovar la fuerza de trabajo, e incluso vendiendo lotes completos a comerciantes dedicados al tráfico de esclavos.

 

Serie demográfica de la hacienda

Año

Población / esclavos

Fuente

1696

(3)12 caballerías[4], ≥150 esclavos

Cabezas Carcache

1720

Entre las principales haciendas dominicas de la región

García Añoveros

1740

500 esclavos

Gudmundson

1749

476 personas: 364 esclavos, resto mulatos libres

Padrón, vía Palomo de Lewin

Década 1770

~700 esclavos de una población total de 1,000

Cortés y Larraz, vía Lutz

1806

132 esclavos de trabajo (declaración oficial)

Reglamento de 1806

1816

1,000 esclavos (pico documentado)

Gudmundson

1821

557 esclavos, 705 indígenas, 237 libertos

Censo de expropiación, vía Gudmundson

 

El viajero holandés Jacobo Haefkens, quien visitó San Jerónimo en 1829, aportó un testimonio revelador: afirmó que en el lugar existían cientos de negros que habían sido esclavos de los dominicos y que, pese a haberse decretado su libertad, todavía se consideraban esclavos -constatación que anticipa y confirma lo que el propio Haefkens observaría ese mismo año: que nada parecía haber cambiado con la abolición, y que todos los esclavos ahora libres parecían querer quedarse a trabajar en la hacienda.

 

Mapa de Propiedades de Baja Verapaz. 1550-1750
Mapa de Michel Bertrand
Mapa de Propiedades de Baja Verapaz. 1750-1821
Mapa de Michel Bertrand
Mapa de Propiedades de Baja Verapaz. 1821-1900
Mapa de Michel Bertrand

 

Tecnología de la hacienda

El antiguo ingenio dominico de San Jerónimo se distinguió, junto con el llamado Molino La Sierra en Patzicía, por las notables dimensiones de sus instalaciones, que incluían acueductos y amplias dependencias. Este tipo de residencias señoriales rurales se caracterizaba por corredores amplios y cubiertos, aunque el tema de la arquitectura doméstica de las haciendas coloniales ha sido poco estudiado, y muchas de estas edificaciones han desaparecido o sido transformadas con el tiempo. Hoy solo sobrevive, como testimonio parcial de aquel conjunto, el llamado Museo del Trapiche.

La negociación de 1810: esclavos que fuerzan un convenio laboral

El episodio más singular de la historia de San Jerónimo antes de la Independencia ocurrió en 1810. La mayor parte de los esclavos de la hacienda presentó una petición formal ante el protector de esclavos de la ciudad de Guatemala, Francisco Arrivillaga[5], exigiendo mejores condiciones de vida. El resultado, firmado el 9 de agosto de 1810 ante el escribano José María Estrada, fue un convenio extraordinario para su época:

  • Los esclavos renunciaron a sus raciones acostumbradas de vestuario y comida a cambio de un salario equivalente al de los “mozos libres”.
  • Se ofreció la misma oportunidad a las esclavas, si lo deseaban.
  • Los artesanos esclavos (carpinteros, herreros, fundidores) obtuvieron el derecho de trabajar fuera de la hacienda cuando el trabajo escaseaba allí, usando las herramientas y la fragua del ingenio, aunque debían costear su propio carbón y responder por cualquier herramienta dañada.
  • Podían cultivar tierras en calidad de aparceros y pastar sus mulas y caballos, pagando tasas ajustadas a las de los trabajadores libres (con exención para los primeros tres o cuatro animales).
  • Se mantuvo la costumbre de una contribución para matrimonios y la administración gratuita de los sacramentos.
  • Se prohibió expresamente cualquier represalia contra los esclavos que hubieran acudido al protector.

Convenio laboral, San Jerónimo, 9 de agosto de 1810, ante el escribano José María Estrada:

“…que por estas determinaciones no entiendan que queden libres sus personas de la esclavitud en que han nacido, sino que siempre quedan sugetos a las disposiciones y usos de la comunidad.”

Aun así, el convenio acercaba a los esclavos, de facto, a una condición casi equivalente a la de trabajadores asalariados, catorce años antes de la abolición oficial.

La explicación de este resultado extraordinario no es, suponemos, únicamente humanitaria: el propio protector, Francisco Arrivillaga, pertenecía a la mayor familia productora particular de azúcar de la época y era, a la vez, uno de los mayores propietarios particulares de esclavos, en franca competencia con el imperio azucarero dominico. Es plausible que su intervención buscara también encarecer los costos de producción de sus competidores religiosos, en una época en que los dominicos ya habían perdido terreno frente a propietarios privados -como los propios Arrivillaga y, hasta su expulsión, los jesuitas- en la otra gran zona azucarera del Reino, Amatitlán.

[1] Una caballería equivale aproximadamente a 45 hectáreas, medida agraria de uso común en la Guatemala colonial y republicana.

[2] Cortés y Larraz fue arzobispo de Guatemala y recorrió la diócesis levantando una descripción geográfico-moral de sus pueblos y haciendas, publicada como fuente primaria de referencia para la época colonial tardía.

[3] Término usado en la región para referirse a los mayordomos indígenas encargados del cuidado del ganado de las cofradías.

[4] Según Michel Bertrand en su mapa publicado de la hacienda San Jerónimo de 1550-1750 la hacienda constaba de 312 caballerías.

[5] Francisco Arrivillaga pertenecía a una de las familias azucareras más importantes de Amatitlán, en franca competencia con el emporio dominico de San Jerónimo.

 

Nota metodológica

Como en todos los trabajos de Verapaseando, este artículo sigue sujeto a correcciones, ampliaciones y modificaciones posteriores. Integra tres fuentes principales: dos artículos académicos publicados en las revistas Mesoamérica y Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala (Percheron 1990 y Gudmundson 2003 y 2006), y una recopilación temática de pasajes extraídos de la obra colectiva Historia General de Guatemala (Tomos II a V, 1993-1999). Cuando las fuentes ofrecían cifras demográficas o cronológicas ligeramente distintas para un mismo periodo, preferimos presentarlas todas con su respectiva atribución, sin forzar una única cifra “correcta”, pues las discrepancias -por ejemplo, entre el censo de esclavos de 1806 y los datos de décadas anteriores y posteriores- son en sí mismas reveladoras de las prácticas administrativas y de subdeclaración de la época.

 

Referencias:

  • Percheron, Nicole. “Producción agrícola y comercio de la Verapaz en la época colonial.” Mesoamérica 20, 1990.
  • Gudmundson, Lowell W. “Convenio laboral entre los esclavos del ingenio de San Jerónimo (Verapaz) y sus amos dominicos, en 1810.” Anales de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, Tomo LXXVIII, 2003.
  • Gudmundson, Lowell. “Aguardiente, deseo y la Noche Buena de los milicianos en San Jerónimo, Guatemala, 1892.” Mesoamérica 48, 2006.
  • Luján Muñoz, Jorge (dir.). Historia General de Guatemala. 6 tomos. Guatemala: Asociación de Amigos del País / Fundación para la Cultura y el Desarrollo, 1993-1999.
  • Cabezas Carcache, Horacio. “Agricultura” y “Producción Agropecuaria.” En Historia General de Guatemala, Tomos II y III.
  • Bertrand, Michel. “La Región de Rabinal.” En Historia General de Guatemala, Tomo II.
  • Palomo de Lewin, Beatriz. “Esclavos Negros.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
  • García Añoveros, Jesús María. “La Iglesia en la Diócesis de Guatemala.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
  • Lutz, Christopher H. “Evolución Demográfica de la Población Ladina.” En Historia General de Guatemala, Tomo III.
  • Rodríguez, Mario. “Presencia Inglesa en la Federación y en Guatemala (1823-1852).” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
  • Griffith, William J. “Proyectos de Colonización.” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
  • McCreery, David. “Agricultura, 1821-1860.” En Historia General de Guatemala, Tomo IV.
  • Cortés y Larraz, Pedro. Descripción Geográfico-Moral de la Diócesis de Goathemala, 1958 (visita pastoral hacia 1768-1770).
  • Haefkens, Jacobo. Viaje a Guatemala y Centroamérica. Guatemala: Editorial Universitaria, 1969.
  • Flores Lucas, Víctor. “Un vistazo a las Verapaces.” Manuscrito inédito.
  • Archivo General de Centro América (AGCA), Tierras, Causas Criminales de Baja Verapaz y Protocolos notariales de José María Estrada, 1808-1810.
  • Archivo General de Indias (AGI), Guatemala.
Juan Moncada

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