Cuando empezamos a investigar los orígenes de la colonización alemana en la Alta Verapaz, dos episodios anteriores aparecía una y otra vez como antecedentes Compañía Agrícola y Comercial de las Costas Orientales de América Central y la colonia belga de Santo Tomás, fundada en la costa atlántica en 1843 y prácticamente extinguida una década después. Reconstruimos la historia de la colonia belga de Santo Tomás a partir de tres fuentes principales: Amérique Centrale. Colonisation du district de Santo-Thomas de Guatemala, el volumen promocional que la propia Compañía Belga de Colonización mandó imprimir en París hacia 1843-1844 [1]; Historique de la colonisation belge à Santo-Tomas, Guatemala, el libro que Nicolás Leysbeth publicó en Bruselas en 1938 con las cifras reales de población y mortalidad que la Compañía nunca hizo públicas [2]; y los trabajos puntuales de George Midré sobre los primeros colonos y de Enrique del Cid Fernández sobre el episodio del navío «Norma» [3][4].
Nos pareció que esta historia merecía contarse completa, porque en ella se condensa un tema central para entender la Alta Verapaz que investigamos habitualmente: el fracaso de un proyecto colonial en la costa terminó, sin que nadie lo planeara, sembrando parte de la colonia alemana que después transformó la región de las Verapaces. Conviene decir desde ya que la fuente principal, el volumen de 1844, es un texto de propaganda escrito para tranquilizar a inversionistas y futuros colonos; eso se nota sobre todo en cómo trata las enfermedades y el trabajo, y lo leemos con esa reserva.
Un contrato inglés que pasó de mano en mano
La historia no empieza en Bruselas, sino en Londres. Al menos así la cuenta el propio jefe de la comisión exploradora belga, el coronel Remy de Puydt. En 1834 una compañía inglesa, la Compagnie agricole et commerciale des côtes orientales de l’Amérique du Centre o Compañía Comercial y Agrícola de la Costa Este de Centro América, había obtenido del gobierno de Guatemala la concesión de un vasto territorio, con la obligación de desmontarlo, navegar el río Polochic e introducir colonos europeos que, con el tiempo, se convertirían en ciudadanos de la naciente república. Fue hasta 1841 cuando una compañía belga recién formada en Bruselas le compró a los ingleses una parte de ese territorio, y con la tierra heredó también las obligaciones que venían con ella. El gobierno belga había notado que la ola migratoria hacia América —que ya se llevaba a franceses, suizos, alemanes e irlandeses— tarde o temprano alcanzaría a Bélgica también, y prefirió encauzarla antes que dejarla a la deriva.
La cronología oficial que abre el volumen de 1844 permite fechar con precisión el nacimiento de la empresa. El 25 de febrero de 1841 se reunieron por primera vez sus fundadores, en casa del conde de Mérode. El 18 de septiembre se firmó, ante el notario Evenepoel de Bruselas, el acta constitutiva de la sociedad; al día siguiente, una asamblea de accionistas aprobó los estatutos, 55 artículos en total. Y el 3 de octubre un decreto real dio el visto bueno definitivo a la Compañía Belga de Colonización. En apenas ocho meses, la idea ya era una empresa con papeles en regla.
El 9 de noviembre de 1841 zarpó de Amberes el navío estatal Louise-Marie, con una comisión de exploración rumbo a Centroamérica. Iban, por parte del gobierno belga, el coronel de Puydt (jefe de la comisión), T’Kint (del Ministerio del Interior), el teniente de navío Petit y el doctor Dechamps; por parte de la Compañía viajaban de Binckum, el capitán Devercy, el teniente G. de Puydt, el teniente Carette y el intérprete y dibujante B. Van Lockhorst de quien son todos los grabados[1].
Llegaron a la bahía de Santo Tomás el 26 de enero de 1842, aunque de Binckum, en su propio informe fechado el 12 de mayo de ese año, aclara que en realidad anclaron primero en el golfo de Honduras el 5 de enero y llegaron a Santo Tomás al día siguiente. No escatima elogios para la bahía: una de las más bellas y seguras que se puedan encontrar, escribe, con fondeadero excelente y protegido de todos los vientos. Como no podían quedarse a bordo indefinidamente, tuvieron que instalarse de manera improvisada en una choza en Livingston, el poblado en la desembocadura del Río Dulce habitado por los llamados «negros caribes[2]», antiguos esclavos liberados desde las guerras de independencia. De ellos dice que eran gente de porte orgulloso y trato amable, católicos aunque sin sacerdote propio.
Durante cinco meses recorrieron el país, a veces reunidos y a veces divididos en grupos, hasta que el 30 de mayo de 1842 volvieron a embarcarse en Belice, de regreso a Europa. De ese viaje salieron tres informes, y cada uno mira las cosas a su manera.
El informe de De Puydt
El más extenso, con diferencia, es el de De Puydt: ocupa unas 115 páginas del volumen y va dirigido «a los señores miembros del consejo general de la Compañía Belga de Colonización». Ahí sitúa a la América Central entre los 8° y 10° de latitud norte, como una especie de istmo bañado por dos océanos, y se queja de lo poco que se conocía la propia Guatemala incluso entre sus habitantes, citando para eso al cronista guatemalteco padre Juarros[3].
Hay una sección entera dedicada a rebatir lo que De Puydt llama exageraciones de la prensa sobre las enfermedades de la región. Asegura que la fiebre amarilla nunca se ha manifestado en Centroamérica, a diferencia de La Habana, Nueva Orleans o Charleston, y que la única enfermedad real que enfrentarían los colonos es la fiebre intermitente —la misma que en Bélgica llaman «fiebre de los pólders»[4] —, que según él no viene del clima sino del propio desmonte del terreno, y que desaparece según avanza el desmonte. Llega incluso a decir que esa fiebre es «menos temible en América que en las tierras bajas de Flandes», lo cual, viniendo de un belga, es toda una declaración.
También responde, uno por uno, a los rumores que corrían en la prensa belga. Que si los europeos pueden trabajar en zonas tropicales: sí, dice, y señala que ya lo hacen en varios puntos de Guatemala gracias a una ley de 1824 favorable a los extranjeros. Que si rinden tanto como en Europa: no tanto, admite, pero más que los indígenas. Y sobre todo, que si se puede colonizar sin recurrir a la esclavitud, pregunta que responde con un rotundo no es necesaria, apoyándose en los casos de Chile, Perú y México, donde la esclavitud africana llegó después y no como condición para colonizar el trópico. Nombra incluso a hacendados guatemaltecos que ya pedían trabajadores europeos: el marqués de Aycinena[5], que cultivaba morera y criaba gusanos de seda; el doctor Antonio Colón, uno de los negociadores del contrato de Santo Tomás, que quería familias belgas para su hacienda de caña y ron; y los señores Klee y Drivon, que ya habían escrito a Hamburgo pidiendo familias alemanas para su explotación de índigo en Acajutla.
De Puydt resume también las tres guerras civiles que, a su juicio, había vivido la región desde la separación de España: la de la anexión a México (1822-1823), la del establecimiento de la república federal (1824-1826) y la «guerra de Morazán y Carrera» (1837-1839). Y le dedica a Carrera y Morazán un pasaje casi literario, de esos que delatan que el autor disfrutaba escribir: presenta a Morazán como el heredero de un proyecto federal «demagógico», y a Carrera —descrito como un antiguo peón ladino cuya esposa había sido violada por soldados del gobierno, lo que lo habría lanzado a la lucha— como el restaurador del orden y la religión. Incluso sale al paso de quienes acusaban a Carrera de ser «enemigo de los blancos», recordando que el congreso, el ejército y el clero pertenecían todos a la «raza proscrita» por los radicales.
Sobre los pueblos indígenas, en cambio, rechaza de plano los apelativos que corrían en la prensa belga —«pieles rojas», «salvajes», «antropófagos»— y en su lugar recoge una leyenda sobre el origen de los quichés, que los hace descender de tribus hebreas guiadas por un jefe llamado Zanub. Enumera 26 lenguas indígenas registradas por el padre Juarros, y describe a la población indígena, once veces más numerosa que la criolla española, como mayoritariamente sedentaria, agricultora y artesana, organizada todavía en torno a caciques descendientes de los antiguos príncipes de Quiché.
Y no falta la letra pequeña del contrato. El artículo 5 obligaba a los nuevos colonos a renunciar a su nacionalidad extranjera y convertirse en ciudadanos guatemaltecos apenas tomaran posesión del terreno —una cláusula que la propia Compañía sabía era inquietante, y que trató de suavizar con el artículo 27, que garantizaba la libertad de vender la propiedad y volver a Europa cuando quisieran, y con el artículo 6, que otorgaba derechos civiles y políticos desde el momento mismo de la llegada.
[1] Las imagenes y grabados que ilustran este documento
[2] Traducción literal del documento
[3] Domingo Juarros en su Compendio de la Historia de la ciudad de Guatemala.
[4] Los pólders son las tierras bajas y pantanosas que los propios belgas ganaron al mar mediante diques
[5] Juan José de Aycinena y Piñol
Nota
Como en todos los trabajos de Verapaseando, este artículo sigue sujeto a correcciones, ampliaciones y modificaciones posteriores. Se apoya casi por completo en el volumen promocional de 1844, escrito antes de que ocurrieran los hechos que narra, y por eso lo complementamos con Leysbeth (1938), que sí tuvo acceso a los registros reales de población y mortalidad. Cuando las dos fuentes internas de Leysbeth ofrecían cifras ligeramente distintas para un mismo navío o una misma fecha, preferimos presentarlas ambas, con su respectiva atribución, sin forzar una única cifra «correcta»: esas discrepancias son en sí mismas reveladoras de lo caótica que fue la administración de la colonia. Los listados nominales de colonos —258 identificados por origen, oficio y fecha de llegada, más el grupo alemán del Norma— se reunieron aparte en un anexo independiente.
Las imágenes presentadas en este artículo corresponden a reconstrucciones visuales elaboradas mediante herramientas de inteligencia artificial, a partir de dibujos, grabados, ilustraciones y otras fuentes iconográficas históricas.
Referencias
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