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Karl Sapper: De una pequeña ciudad de Centro América II

Parte II

Cobán 6 de abril de 1890

Las casas y chozas de Cobán (3,313 m sobre el mar) están agrupadas pintorescamente, y en su gran mayoría, muy dispersas en la cumbre y los declives de una suave colina, cuya parte hacia el sur está bañada por el río Cobán. Casi sin excepción las casas son de un solo piso, lo que constituye enormemente a la comodidad de la vida ya que no hay que estar con el temor de que uno de los más o menos frecuentes terremotos haga caer el piso superior de la casa. La ciudad de Cobán cuenta, según censo de 1880, con 4,600 habitantes. Calles anchas, casi siempre cruzándose rectangularmente  atraviesan el lugar. La plaza del mercado, cuya forma se acerca a un rectángulo alargado, está situada en la cumbre de la colina. Allí es el centro del movimiento.

Parque de Cobán 1905

 

Muchas mujeres indígenas se acurrucan en el suelo delante de la iglesia, luciendo sus bonitos trajes (falda azul, güipil blanco muchas veces bordado de rojo y cintas rojas en sus trenzas) y ofrecen en venta sus tesoros a los transeúntes que con dificultad pasan en medio de gente y canastos: tortillas, huevos, café molido, granos de cacao, pimienta española y cosas análogas.

Plaza central de Cobán 1890. Colección Privada Hugo Rodriguez

 

En el mismo lugar se encuentran también tiendas de todas clases, entre ellas agencias de las dos casas comerciales alemanas de Cobán. Allí se puede comprar todo lo que desea el corazón del indígena, del mestizo (Ladino) o del blanco: perlas de vidrio y telas para vestidos, machetes y vasos de vino, sillas de montar y colchas de lana, martillos y ropa interior, traste de cocina y pinturas, aperos agrícolas y adornos, petróleo y aguardiente, vino, cerveza y conservas en latas, sin mencionar muchas otras cosas colocadas aquí para la venta.

Almacen el Gallo de Arnoldo Daetz. Colección Privada Hugo Rodriguez

 

Solamente cuchillos, tenedores y cucharas se buscaría inútilmente por el momento, porque a los ladinos les sobrevino de repente un tempestuoso entusiasmo de civilización que ya confinaba con fanatismo cuando, en diciembre del año pasado el Presidente de la República honró a la ciudad de Cobán con su visita. La antigua costumbre de llevar la comida a la boca con la tortilla, y, en caso de necesidad, con la mano, les pareció, de repente, impropio para ellos, la clase dominante de la población del país. Y así se dedicaron a comprar en pocos días -todas las reservas de estos aparatos auxiliares hasta el último invendido artículo. Si todavía están hoy usando estos modernos instrumentos auxiliares para comer o si regresaron a su patriarcal costumbre después de la salida del Presidente, es algo que no sé, pues no tengo ninguna relación con las familias ladinas. ¿Qué tendría yo que buscar ahí?

Pláticas para cultivar el ingenio seguramente no encontraría, los placeres musicales que la hija de la casa, por ejemplo, le quiere presentar a uno con ayuda de un piano desafinado, no siempre llaman la atención, y para admirar mediocres bellezas a quienes falta todo trasfondo intelectual y mental, no cualquiera es apto. Las malas lenguas son, además, de la opinión, que la falta de carácter es un rasgo característico en la naturaleza del ladino, el cual a pesar del odio y la envidia que siente en contra de todos los extranjeros obtiene de estos un cierto apoyo y marcada dirección. ¿Será que tiene el mundo razón con esta aseveración?

Pero regresando a la plática de la plaza del mercado y de sus particularidades, hay que mencionar a la iglesia, cuya blanqueada fachada es tan deslumbrante ante el brillo del sol, que hay que cerrar involuntariamente los ojos. La iglesia es muy grande y contiene numerosos altares decorados con muy poco gusto, delante de los cuales se pueden encontrar a piadosos ladinos o mujeres indígenas arrodilladas.

A continuación le siguen las construcciones de un piso de las oficinas de las diferentes autoridades, las oficinas del Juzgado y de la administración pública, el correo, el telégrafo, la Guardia Civil, y otras más; un bonito portón con un reloj caprichoso para dar las horas concluye la plaza. Pero la principal decoración de la misma, así como de toda la ciudad, es sin duda el imponentemente planificado Palacio Gubernamental de varios pisos, que está desde hace años sin terminar y sin techo, pero cuya conclusión está preparándose ahora muy seriamente. Con tal fin se decretó el impuesto de 1 Real (más o menos 40 Pfennig) al mes por cada habitante masculino del Departamento que tenga entre 18 y 60 años. Aunque yo me temo que van a haber dificultades con el cobro de este impuesto, ya que los indígenas en su gran mayoría no saben cuántos años tienen. 

Pero por lo demás, los indígenas se van a sentir muy lisonjeados por habérseles considerado en esta ocasión enteramente como ciudadanos en una República, cada ciudadano debe ser tenido como igual al otro, y es buen gesto de justicia por cierto, si el indígena que gana al mes un promedio, más o menos, de 11- 12 Pesos (12 Reales) esté colocado al mismo nivel que el de los habitantes más acomodados, que tienen un ingreso mensual de varios cientos de Pesos. ¡Oh! estos son excelentes arreglos y principio en un Estado republicano como lo es Guatemala. Y como yo estoy tan entusiasmado por la situación de este país, no deseo concluir esta nota sin calcular mentalmente qué porcentaje del dinero reunido a través de este impuesto será usado para el Palacio y qué cantidad se extraviará antes.

En las arcadas de los edificios públicos que rodean la plaza del mercado se ve a ciertas horas el mundo militar: orgullosos oficiales en pantalones rojos y elegantes botas de charol y soldados rasos en sus sencillos pero no feos uniforme, descalzos o con sandalias.

Naturalmente, no me es posible juzgar las cualidades militares de estos hombres en calidad de profano. Y de su posición social tampoco es posible hacerme una idea clara por cuanto no tengo el honor de frecuentar sus círculos. No quiero dar paso en este lugar a los rumores que el mal mundo pone en circulación; de interés para círculos más amplios solamente ha de ser el saber que alguien vio a un oficial de guardia luciendo su uniforme, mientras se ocupaba de su oficio como sastre, lo cual yo a la vez tengo que reconocer como una medida muy eficaz de distraerse, si es que no fue una ilusión óptica. Menos alegre me puso la noticia que tal hombre noble que se había dado como tarea de toda una vida hacer y componer zapatos para sus prójimos -entre ellos yo- cambió de opinión y lo nombraron Capitán.

Una diversión agradable en la vida diaria son los conciertos de música militar que son presentados varias veces a la semana en la plaza del mercado o en jardincitos públicos, delante de la entrada a la ciudad. Aunque no se debe de exigir mucho de sus ejecuciones, tampoco hay que despreciarlos, tomando en cuenta la educación de los miembros de la banda.

Club Alemán de Cobán

 

Una distracción más agradable y atractiva son las tertulias y fiestas que realizan las familias alemanas o el Club Alemán, y  puedo evitar dejar de invitar al lector para que me acompañe por un momento al restaurante de la Asociación. El restaurante es muy importante por lo menos para los alemanes de Cobán. Uno debería de desconocer por completo el carácter de los alemanes, si creyera que todos los alemanes aquí residentes pertenecen al Club, pues estar de acuerdo nunca ha sido nuestra característica más fuerte. De todos modos, la mayoría de los alemanes residentes se reunió en este Club, y se creó así un centro social. El lugar donde se celebran las reuniones es una construcción sencilla (propiedad de la Asociación) en el centro de la ciudad. Varios periódicos y revistas están a la disposición de los lectores; un billar ofrece agradable distracción, y la pista de bolos reúne muchas veces a una gran cantidad de asociados en el juego común; pero casi sin interrupción, varios hombres están sentados, hora tras hora, jugando el inevitable juego de naipes Skat. 

Los instrumentos de esgrima (florete y sable) que cuelgan de las blanqueadas paredes no sirven únicamente de adorno, sino también para el ejercicio. Y también Gambrinus, cuyo retrato a colores adorna las paredes, junto a cuadros y escudos patrióticos, nos invita sin éxito a tomar, aunque la cerveza cuesta relativamente mucho (una botella de cerveza Hacker vale 6 reales, es decir, más o menos 2.40 marcos). En las fiestas se reúnen todos los asociados presentes del Club, más algunos invitados amigos, para pasarla en alegre ronda y divertirse con cantos, pláticas, y eventualmente también con exposiciones musicales o poéticas, según el típico modo de ser alemán, a quien a la vez, tampoco se le olvida beber.

En el Club, el delicioso líquido es llevado a la boca en considerables cantidades y en recipientes de diferentes tamaños, desde el vasito de un cuarto hasta de un original tarro de Múnich, lo cual despertaba la gran sorpresa de la gente del país que se encontraba presente, y la de los indígenas que espiaban a través de las ventanas.

¡Se ve que el alemán vive bastante agradable aquí, en este país extranjero!

Y mostrar esto fue el propósito de estas líneas.

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