Cartas de un Cafetalero; Parte IV | Oskar Weber/Adrian Rösch
Santa María, 10 de octubre de 1892
Querido hermano:
Por fin he recibido noticias tuyas, en forma de tu carta de julio; ha tardado mucho. Nuestro correo no es ni fiable ni rápido. Desde el gran vapor europeo en adelante, tus cartas utilizan los siguientes medios de transporte: barco fluvial, ferrocarril ligero, mulas, porteadores (donde ya no pueden avanzar los animales de carga) y, finalmente, nuestro cartero privado, que una vez por semana va al pueblo a recoger correo y carne.
Tengo mucho que hacer y esta vez debo ser más breve. Ya hemos comenzado con la cosecha, y “el Viejo” lo considera importante. Te informaré sobre la cosecha cuando termine, quizá en febrero. Quieres saber cómo transcurre mi jornada diaria y muchas otras cosas, por ejemplo, qué bebo. Principalmente se consume agua, de bastante buena calidad, que se transporta en jarras de barro sin vidriar, semejantes a las antiguas ánforas griegas, desde el arroyo del barranco. Nadie ha visto nunca su caída propiamente dicha, pues brota en algún punto de la montaña, más arriba, y no se ve alterado ni desfigurado por cascadas de origen humano. Luego bebemos café (sin achicoria, que aquí sería más cara que el propio café); de vez en cuando una limonada y, en años muy señalados, un aguardiente de caña o un coñac. El “viejo” también tiene vino, pero casi se ha desacostumbrado por completo de esta bebida nacional, y yo mismo ya casi no sé cómo sabe mi bebida nacional. Sin embargo, nos encontramos de maravilla.
En cuanto al transcurso del día, no es en absoluto el idilio que quizá imaginas. A las cuatro de la mañana (todavía es de noche) el mayordomo sopla un poderoso cuerno. Lo hace por apego a los viejos tiempos, pues ahora también tenemos una gran campana. Esta la hace sonar después “con amore” y durante largo rato. La campana cuelga apenas a dos metros y medio de altura en una horca del patio; abajo, en el badajo, cuelga una correa muy corta, y con ella golpea (o más bien sacude) la campana. Esta es la señal para las mujeres, para que muelan el maíz para sus maridos. Esto debe hacerse todos los días dos o tres veces.
Por todas partes se encienden los fogones en las chozas; yo, en cambio, puedo seguir durmiendo, si logro hacerlo. Durante los primeros dos meses no lo conseguí. A las cinco y media suelo oír al marqués pasear de un lado a otro por la veranda; entonces es hora de levantarme. El aseo se realiza con la rapidez de un titiritero; es fácil, pues consiste solo en camisa, pantalón, zapatos y medias. De disparates culturales como cuellos rígidos, gemelos, corbatas y cosas semejantes no nos ocupamos aquí.
Mientras tanto, los peones ya están formados en larga fila en el patio, frente a la casa, carga tras carga, iluminados por el sol radiante. Desde mi cuaderno de trabajo los voy llamando uno por uno, anoto la carga de cada hombre y luego distribuyo a la gente para los distintos trabajos. El mayordomo da órdenes respetuosas, llenas de indicaciones, y el “viejo” añade gruñendo su “mostaza”. En grupos de diez a veinte hombres, cada uno con un capataz, la gente se dispersa. El mayordomo reparte los utensilios necesarios y luego hace como si se uniera a uno de los grupos de trabajo; en cualquier caso, durante las siguientes horas suele ser invisible.
Anciana indígena con paraguas (enrollado) | Imagen original mejorada digitalmente
Nosotros, el principal y yo, nos dirigimos a la veranda para desayunar. Dicho sea de paso, es el único lugar habitable decente de la casa. Las habitaciones son oscuras y húmedas. Hay café terriblemente fuerte, nada de leche, pan malo, tortillas de maíz (de esto más adelante), verduras fritas, plátanos y espesos frijoles negros; de vez en cuando mantequilla y queso o huevos. Después, el viejo enciende su segundo cigarro (antes del desayuno ya ha fumado uno) y dice con gusto:
“Fumar es mejor que beber”.
Al hacerlo, se recuesta en la hamaca, que forma parte del mobiliario de la veranda.
Yo, por mi parte, me preparo para ir al trabajo de campo, voy al establo y ensillo allí mi mula asignada. Pero con cuidado, pues el animal, por lo demás muy dócil, es traicionero. Por lo demás, mi recuerdo apresurado con paraguas bajo la lluvia resulta bastante llevadero. Luego se atraviesa el matorral húmedo o el bosque hacia una de las plantaciones, que se encuentran dispersas en distintas direcciones; pues el café solo prospera en buen suelo profundo, y en las montañas no se encuentra naturalmente en grandes extensiones continuas.
Cafetales, matorrales, bosques, campos de maíz y frijoles y pastizales se mezclan de forma variada. En la costa baja, en cambio, es distinto; allí el café prospera mal o nada, porque hace demasiado calor. Estos recorridos son en realidad las únicas horas agradables del día.
Pero ahora debo terminar. Ocasionalmente seguirá la continuación. Un cordial saludo,
Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).
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