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Cartas de un Cafetalero; Parte V | Oskar Weber/Adrian Rösch

Santa María, 17/10/92

Querido hermano:

Espero que mi última carta del día 10 de este mes esté ya en tu poder. Hoy continúo el relato, aunque solo escrito a lápiz, porque me encuentro en una plantación, sentado sobre un tronco caído, supervisando a un gran número de peones junto con los capataces. No veo a los hombres, ni ellos pueden verme a mí, porque los cafetos son demasiado altos y densos; pero saben que estoy aquí y que el trabajo va en serio. Puedo oírlo claramente por los golpes rítmicos de sus machetes, sus cuchillos de monte.

Como te escribí, cada mañana procuro “meterme” en el campo. Es, ciertamente, una expresión poco acertada para alguien que cabalga a caballo por el magnífico paisaje. Pero donde hay hombres, lo ridículo siempre habita junto a lo sublime. Por lo general, pronto debo volver a casa. Pues, aunque nuestra finca no es precisamente grande, hay muchísimo que escribir; además, debo ocuparme de la caja y de una pequeña tienda.

En esta se venden solo algunos pocos artículos, cosas que la gente necesita de manera imprescindible: machetes, telas de algodón sin blanquear para los hombres, estampados para las mujeres, sandalias, sombreros de paja, maíz, frijoles, sal, cigarros, pólvora y plomo, fósforos y algunas otras pequeñas cosas. Todo lo vendemos a precio de costo y únicamente con el fin de que la gente no vaya al pueblo, se emborrache allí o sea reclutada a la fuerza como soldado. La correspondencia comercial y la contabilidad también son asunto mío; en esto el “viejo” es como un niño pequeño. Lo más edificante es siempre la correspondencia con las autoridades. Estas tienen disposiciones tan severas que uno podría asustarse si se aplicaran estrictamente; pero no se les hace caso o se las elude.

Todo esto se hace tan bien como es posible; en realidad es puro juego de gato y ratón. El viejo tiene que meter la mano en la bolsa con bastante frecuencia en este juego. Aquí lo llaman “untar la pata”, es decir, sobornar o aceitar la mano. Entre ustedes se dice simplemente “sobornar”, pero no se usa con tanta frecuencia.

La comida del mediodía se llama “almuerzo” o también el desayuno fuerte. Sin excepción, todos los días comienza con dos huevos. Yo tengo la regia posibilidad de elegir entre huevos duros, pasados por agua o fritos. Luego hay cuatro días a la semana carne asada y tres días carne de gallina, siempre preparada de la misma manera, casi siempre con frijoles negros, y después nuevamente plátanos fritos; finalmente café. 

¡Santo Catulo! 

Tú te habrías desacostumbrado pronto a semejantes comilonas. Las papas y las verduras son una rareza; en cambio, de vez en cuando hay macarrones, que el marqués prepara siempre él mismo y de manera excelente, pues la pobre cocinera no tiene ningún sentido del sabor.

 

La cocina y el personal de cocina | Imagen original mejorada digitalmente

 

Lamentablemente, este placer no nos está concedido con frecuencia: los macarrones se importan de Italia, pero aquí solo se conservan muy poco tiempo; se llenan de escarabajos y gusanos. Las tardes también están siempre ocupadas. Hay que volver a vigilar a la gente en el campo, curar a los enfermos (personas como animales), arreglar disputas, remendar algo en alguna máquina (esto lo hace mi patrón junto conmigo, pues los de aquí no tienen absolutamente ninguna comprensión para ello), y además hay que estar presente en todas partes donde haya algo que hacer que no ocurra todos los días. A la gente le falta experiencia, capacidad de pensar y buena voluntad. Para clavar apenas un par de clavos, uno de nosotros dos tiene que estar presente. Si hay artesanos (albañiles o carpinteros) en la finca, entonces el alboroto no tiene fin.

A las seis de la tarde, al ponerse el sol (aquí el sol sale y se pone casi a la misma hora durante todo el año), nuestro mayordomo vuelve a mostrarse en toda su capacidad, haciendo sonar de nuevo “con amore” su cuerno y luego tocando la gran campana. Esta es la señal para todos los trabajadores de que la jornada ha terminado. Al inicio y al final de la pausa del mediodía, entre las once y las doce, el mayordomo hace el mismo espectáculo; para fijar la hora no necesita reloj, se guía por el sol, y con una precisión asombrosa. Muchos de los demás también pueden hacerlo igual de bien. Las diferencias rara vez alcanzan un cuarto de hora.

La cena, que aquí es la comida principal, es algo mejor que el almuerzo. Don Javier aporta de vez en cuando conservas: carne enlatada, jamón, frijoles blancos y frijoles rojos, y otras delicias; incluso, en mi honor, trajo salchichas en conserva y chucrut desde la capital (tuvieron que ser cargados durante muchas jornadas sobre la espalda de un indígena). Pero, por desgracia, son productos norteamericanos, y a menudo nos estropean el estómago; además, doña Mercedes, nuestra cocinera, no sabe prepararlos bien.

Nuestro eterno menú de carne de res a la mercedes, gallinas también a la mercedes, arroz y frijoles negros al estilo del país, debe seguir resistiendo. El cultivo de hortalizas es aquí algo difícil, aunque podría lograrse algo si el viejo tuviera interés en ello; pero ocurre lo contrario: cuando quiero un hombre para el huerto, siempre lo consigo solo con dificultades por parte de él. Siempre quiere tener a toda la gente en el trabajo del campo. Los trabajadores mismos no entienden nada de horticultura, y yo tampoco mucho más; en consecuencia, el resultado de nuestro cultivo de verduras es el que es.

Es una suerte que en este clima cálido uno pueda arreglárselas bien con poca alimentación. Resulta directamente asombroso cómo, por ejemplo, los indígenas, con cantidades muy reducidas y casi solo con alimentos vegetales, permanecen sanos y capaces de trabajar. Las tardes se llenan con más trabajo de escritura y con las interminables conversaciones del marqués, que siempre giran únicamente en torno a los negocios. Me he suscrito a un periódico alemán que se publica en Nueva York. Es mejor que las conservas del mismo origen y me mantiene informado sobre todo lo que sucede en el mundo y especialmente en la vieja patria. Aparece cada semana y llega aquí mucho más rápido que los periódicos de Alemania.

El correo se recoge todos los sábados en el pueblo, junto con carne fresca de res. Allí solo se sacrifica una vez por semana. Esta carne se conserva durante algunos días, lo mejor posible, con diversos medios más o menos dañinos: sal, salitre, vinagre y humo. Debo añadir además que nosotros, aunque muy raramente, recibimos carne de caza y, de vez en cuando, aproximadamente cada dos meses, carne fresca de cerdo. Entonces sacrificamos en casa, y en esas ocasiones el marqués se muestra muy importante; hace salchichas y jamones, que, sin embargo, debido al clima cálido, no siempre resultan un éxito brillante.

Ahora mismo oigo, muy a lo lejos, a nuestro “ayudante” tocar la señal; así que es hora de comer y cierro por hoy.

Con prisa, tu hermano
Óskar

 

 

Referencia: 

Adrian Rösch

Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).

Traducción y adaptación: Verapaseando

Juan Moncada

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