Categories: Notas

Cartas de un Cafetalero; Parte II | Oskar Weber/Adrian Rösch

Aguacha, República de Tocoma, 10 de septiembre de 1891

Calle Mercedes, 44

 

 

¡Querido hermano!

Muchas gracias por tu carta de julio. Para no repetirme, hoy y también en toda la correspondencia posterior omitiré aquellos puntos que no requieren respuesta. Sí, me va bien. Me he adaptado rápidamente a las nuevas circunstancias. El trato comercial entre el principal y los empleados es más agradable que en las oficinas europeas, y el trabajo se toma también con mayor ligereza.

Somos bastantes alemanes aquí en la ciudad; incluso tenemos un club, que sin embargo es frecuentado regularmente solo por aquellos que tienen grandes ingresos. La cerveza alemana cuesta aquí algo más de dos marcos la botella; es Löwen de Múnich y Hackerbräu. La cerveza elaborada aquí cuesta unos 50 pfennig la botella, pero es para llorar. A mí siempre me actúa como aceite de ricino, y a los demás les ocurre algo parecido.

Quien quiera prosperar aquí debe aprender desde el principio a renunciar. Por lo demás, ya estoy bastante harto de aplastar la silla de oficina, y como ahora dispongo de más de 25 000 marcos, que me corresponden como primera entrega de la herencia, tengo actualmente otros planes en la cabeza.

En el club y también por motivos de negocios he conocido a varios alemanes que están empleados en plantaciones de café y de caña de azúcar, o que las poseen total o parcialmente. Estos señores, en particular los cafetaleros —como los llamamos—, deben hacer buenos negocios, pues gastan mucho dinero. El café producido aquí rinde aproximadamente 90 pfennig por libra, libre de aranceles, en Londres, y aquí se dice: el cafetalero solo tiene dos preocupaciones en el mundo: la primera, cómo recoge su cosecha; la segunda, cómo vuelve a desprenderse de su dinero.

Los señores llegan a la ciudad montados en hermosos y buenos caballos o en mulas, y todos parecen estar de buen humor. Por lo general vienen una vez al año durante algunas semanas, ya que algunos deben cabalgar tres o cuatro días hasta llegar aquí. Pero quiero permanecer al menos un año entero con mi actual principal, pues desde el principio se ha comportado de manera muy decente conmigo y no puede encontrar con facilidad un sustituto para mí. A los nativos solo se les pueden confiar trabajos subordinados.

Ahora vivo en una pensión. La propietaria es una mestiza; según su propia opinión, cocina muy bien; pero los jóvenes —un popurrí de muchas nacionalidades— suele estar a menudo en desacuerdo. Sin embargo, lo que se ofrece corresponde al precio. La respetable dama se llama doña Joaquina Gularte de Guzmán y puede regañar con tal rapidez y caudal verbal que ahora ya hablo español perfectamente.

Las casas son todas de una sola planta y, a la manera hispano-antigua, están construidas alrededor de un patio. Entre el patio y las habitaciones corre un amplio corredor cubierto que rodea el patio. Este está plantado de flores y arbustos ornamentales; el conjunto resulta en su mayor parte muy bonito. A cambio, las casas suelen albergar un ejército de ratas descaradas, y muchas están bendecidas con chinches. También mi cama estaba abundantemente provista de ellas.

Conocía a esos animales por los relatos de mi infancia y, como doña Joaquina opinaba filosóficamente que esos animales existen en toda la ciudad y que no había nada que hacer, un domingo por la tarde (en ausencia de mi casera) desmonté mi hermosa cama de caoba hasta en sus partes más íntimas y la limpié con cuchillo, cepillo, jabón y petróleo, para deleite de mis compañeros de pensión y para posterior consternación de nuestra casera, que se lamentaba con interminable verborrea por su cama.

Le aseguré que haría volver a ensamblar la cama de forma impecable y que, entretanto, dormiría con gusto en mi hamaca. El colchón y la almohada los puse a su entera disposición, acompañados de un cumplido de mi parte (pues los mestizos son, en efecto, muy corteses).

De todo ello puedes ver, querido hermano, que la cultura europea ha llegado incluso a estas pequeñas cosas —chinches y ratas— hasta nuestra capital. Próximamente más sobre mi plan; por ahora, ¡nada de precipitaciones!

Tu hermano
Oskar

 

 

Aguacha, 20 de noviembre de 1891

 

Querido hermano:

Con una recua de mulas ágiles y jóvenes parte cada semana la correspondencia hacia la costa, y si los dos grandes ríos que hay que vadear en el camino no llevan demasiada agua, esta carta llegará todavía justo para Año Nuevo. A veces los correos deben esperar varios días en la orilla del peligroso curso de los dos ríos hasta que bajen las aguas; en ese caso, mi carta llegará una o dos semanas después de Año Nuevo.

 

Cafetalero | Imagen original mejorada digitalmente

 

Sea como fuere, te envío con estas líneas mis mejores deseos para el cambio de año. Con mi plan de “hacer de cafetalero” he sufrido, en un primer momento, una gran decepción. Hace poco logré hablar a solas con uno de esos plantadores, y el resultado de la conversación fue que me echaron a reír. Con 25 000 marcos —dijo el hombre, después de convertir la suma a pesos locales en proporción de 3 a 1— no se podía hacer absolutamente nada; debía abandonar el plan.

Sin embargo, no quise tirar la toalla tan rápidamente; también pregunté a otros y finalmente encontré a un hombre sensato, no tan grandilocuente, pero conocedor del país, que opinaba que 8 000 pesos eran ciertamente demasiado pocos para comprar una plantación ya establecida, pero que en el norte aún debía de haber tierras cafeteras baratas y con futuro, aunque en una región salvaje y completamente apartada, a cuatro jornadas a caballo desde aquí.

Al mismo tiempo me dio el consejo, sin duda acertado, de que debía trabajar al menos un año, mejor aún dos, como empleado en una plantación mayor, para aprender allí; después debería empezar completamente desde cero, por mi cuenta, en la selva y el monte virgen. A esto me he decidido, y con ello queda fijado mi programa para el próximo año o los próximos dos años.

Ya he presentado mi renuncia a mi jefe para abril y ahora estoy buscando un puesto en una plantación de café. Desde allí tendrás nuevas noticias mías.

Con un cordial saludo,
tu hermano
Oskar

 

Referencia:

Adrian Rösch

Entre 1913 y 1918, se publicaron sus tres novelas sobre la emigración en la serie Schaffsteins Grüne Heftchen ‘Cuadernitos verdes de Schaffstein’, bajo el seudónimo de Oskar Weber, las cuales fueron: Briefe eines Kaffee-Pflanzers (1913); Der Bananenkönig(1919); Der Zuckerbaron (1920).

Traducción y adaptación: Verapaseando

Juan Moncada

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